“No se pueden modificar las reglas para cerrarle los espacios al diferente”

Para Alejandra Barrios, directora de la organización Misión de Observación Electoral de Colombia, los ciudadanos y la clase política están en deuda con la democracia

“No se pueden modificar las reglas para cerrarle los espacios al diferente”

Un logro importante alcanzado en el seminario internacional “Integridad electoral y condiciones de campaña” es que organismos regionales de la sociedad civil, como el Acuerdo de Lima (cuya representante es Alejandra Barrios), apoyaron a las organizaciones venezolanas interesadas en efectuar procesos de observación electoral completamente independientes del gobierno, de las organizaciones políticas y de los intereses probados. El Acuerdo de Lima agrupa a ONG en América Latina y el Caribe cuya misión es la observación de los procesos electorales y de las condiciones de equidad y transparencia.

 

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—Los partidos políticos están en crisis en todo el mundo. ¿Cómo atraer a los jóvenes a la actividad política?

—Hay una crisis de representación que se traduce, a su vez, en una crisis de las organizaciones políticas. Pero con organizaciones políticas más fortalecidas, a través de mecanismos de control, no de mayor poder, vamos a tener partidos políticos con menos posibilidad de que hagan alianzas o con la ilegalidad o con la financiación de estructuras corruptas.

—¿Es posible la creación de espacios más amplios para que se incorporen actores distintos a los partidos políticos al ejercicio de la política?

—Recientemente se ha venido entendiendo la política como un ámbito exclusivo de dos actores: el Estado y toda la arquitectura institucional que soportan los procesos electorales o que soportan los debates que se hacen entre actores con ideologías distintas. A los ciudadanos, en sus más variadas representaciones (academias, organizaciones juveniles o de intereses específicos) los venían dejando de lado, porque solamente se les veía como un voto. Es decir, el Estado y los partidos políticos definían las reglas de juego: cómo iban a los procesos electorales y negociaban o se disputaban el poder. Tener la posibilidad de hacer política a través de otras vías, sea como vocero político o tomador de decisiones, como organización no gubernamental o grupo de interés, indiscutiblemente lo que hace es meter a la ciudadanía en un tema que es más amplio, vinculado con las formas de gobierno y con la ciudadanía. ¿Qué se necesita? Una ciudadanía más empoderada. Una ciudadanía sin miedo y con capacidad para exigir rendición de cuentas. Si logramos eso, vamos a tener un mayor control sobre las organizaciones que ejercen el poder.

—La polarización mineraliza las posturas ideológicas y afecta negativamente la renovación en los partidos políticos. ¿Cómo disminuir el fenómeno de la polarización en países como Venezuela (de data reciente) o en Colombia (de vieja data)?

—Lo primero que hay que reconocer es que marcar la diferencia y que se tengan posturas ideológicas contrarias no es malo para la democracia. Precisamente, lo que hace la democracia es que las ideologías distintas encuentren mecanismos de representación y encuentren voces. ¿Dónde la polarización se vuelve problemática? En los casos donde se niega la voz del otro. Es modificar las reglas de juego para que el otro no tenga representación o cuando implica que no cabemos los dos en un mismo país. Y cuando eso sucede, uno de los dos se va al exilio o a usted lo elimino o lo encarcelo. Si no hay espacios para que se discutan esas diferencias, si no entendemos que ambos somos del mismo país, pero pensamos diferente, abonamos el terreno para una polarización completamente negativa, que además termina por generar un alejamiento de la democracia. Que pensemos diferente no debe ser un argumento para alentar totalitarismos que cierran caminos de representación democrática. Deben generarse, más bien, espacios de inclusión y de debate.

—¿Qué opinión le merecen los gobiernos que invocan el principio de soberanía para impedir, entre otras cosas, la observación electoral?

—Lo primero es que no es una mirada moderna. Lo segundo es que vivimos en un mundo interrelacionado donde el ciudadano tiene cada vez mayor participación; el ciudadano, por ejemplo, tiene la oportunidad de interpelar a un político a través de las redes sociales. Hoy las relaciones de poder de comunicación son totalmente diferentes. Negar la posibilidad de que ciudadanos de un mismo país hagan control político, es negar la posibilidad real de empoderar a la ciudadanía. Yo, personalmente, desconfío muchísimo, muchísimo, de gobiernos que le tienen miedo a que sean los ciudadanos los que vean las formas en que toman las decisiones, porque significa que tienen algo que ocultar. Un gobierno transparente no tiene miedo a contestar y a mostrar la forma en que toma las decisiones.

—¿Y con relación a los procesos electorales?

—Lo que busca la observación ciudadana es una mayor legitimación de esos procesos. ¿Cómo se hace? Cuando un país les muestra a los vecinos o a terceros países que tiene los mejores sistemas de conteo de votos, que tiene los escenarios más propicios para el debate público, que no se niega a la participación del diferente político, sino que además se les dan una garantías cada vez más ciertas. Esos son avances en la democracia.

—¿No cree que las democracias latinoamericanas están en deuda con sus ciudadanos?

—Yo creo que es al revés, que somos los ciudadanos y la clase política los que estamos en deuda con la democracia. Democracia no es ir, de manera regular, a procesos electorales. Eso ocurrió en los años 80, en los países que vivieron bajo dictaduras. Pero te voy a poner un ejemplo, Colombia nunca tuvo una dictadura. Hubo elecciones periódicas cada cuatro años, pero se encontró con un acuerdo de élites que se turnó en el poder (El Frente Nacional, entre conservadores y liberales). Eso no es democracia, porque es una forma restrictiva de entender la democracia. ¿Qué ha pasado con los países latinoamericanos? Que a través de reglas de juego, aparentemente democráticas, se han logrado mantener las mismas estructuras de poder tradicionales. Y los recambios de estructuras que ha habido terminan siendo favorecidas por la ilegalidad política, como ha ocurrido en Colombia, en México, en Guatemala. En otros casos, se crean reglas de juego para favorecer a determinados sectores, lo que, a su vez genera mecanismos de impunidad permanentes.

—¿Cómo evalúa el caso venezolano?

—Lo que se hizo en este seminario es un paso muy importante: apoyar a las organizaciones venezolanas que están interesadas en efectuar procesos de observación electoral completamente independientes del gobierno, de las organizaciones políticas y de los intereses probados, para que hagan su propio ejercicio de observación. Toca esperar que ellos hagan sus propias evaluaciones de cómo fue todo el recorrido que se hizo para llegar a las elecciones. Créame que eso no es fácil y, desde el Acuerdo de Lima escucharemos sus conclusiones, que son el resultados de metodologías probadas. En ese momento daremos la discusión al respecto.

♦ Hugo Prieto