Yo borro mi pizarra

Yo borro mi pizarra

Fedosy Santaella

Dirá usted que es una tontería, pero le digo, yo borro la pizarra de mi salón luego de dar clases. El otro día vi lanzando a alguien una botella de plástico desde su carro en dirección al río Guaire. La lanzaba como si la botella fuese una alimaña o una granada a punto de estallar. Vi eso, pensé en las pizarras de la universidad y me dije que dejar la pizarra con fórmulas matemáticas o con letras indescifrables de no sé qué materia, es igual a botar una botella de plástico a la calle. Es la misma actitud. Mire, como no soy un genio que no me ando distraído pensando genialidades, pues yo me acuerdo de borrar la pizarra del salón. También, es así, hemos recibido correos de nuestras escuelas (la mía lo ha hecho) que nos solicitan amablemente que lo hagamos. Yo recuerdo los correos, son peticiones, no amenazas y no sugieren castigos. ¿Y por qué habría de ser así? Borrar la pizarra es un acto de cortesía para con el profesor que vendrá. Porque, corríjame usted si no es así, la cortesía no sólo debe existir ante una persona, sino que también es deseable en ausencia. Yo no sé quién es el profesor que me precede en un salón, tampoco sé quién es el profesor que viene, sólo sé que debo borrar mi pizarra. Porque a mí no me gusta hacerle a los demás, el daño que los demás me hacen a mí. Yo no devuelvo mal con mal. Es lo justo, diría Sócrates.

Yo, lamentablemente, he encontrado muchas veces mi pizarra rayada. Antes de empezar la clase, con mucho enojo, la borro. La borro pensando, ¿quién ha cometido tal irrespeto? ¿Alguien que se para frente a unos alumnos y se hace llamar profesor? ¿O un preparador acaso? ¿No deberían ambos dar el ejemplo?

¿Sabe qué hago cuando se termina la clase? Borro lo que yo escribí, y lo hago con suprema alegría, porque sé que he dejado abiertas las puertas de otro conocimiento a otro profesor y a otros alumnos. Porque lo que en mi clase es leído como conocimiento, para la clase que viene son simples manchas en una pizarra.

Ese es mi acto de cortesía en ausencia. De ciudadanía en contra del caos moral que se traga al país. ¿Es una tontería? No lo es. A mí nadie me obliga a borrar la pizarra ni nadie me va a castigar porque la deje sin borrar. Pero el castigo no debería ser lo que nos motiva como ciudadanos. Tampoco deberíamos, en un país ya sin ley con con leyes discrecionales, actuar como mejor nos parezca amparados bajo la idea de que no seremos penados.

No deberían ser la impunidad ni el miedo las que motiven o no nuestras acciones, sino el hecho de hacer el bien —simplemente— porque está bien. No dejar de hacer el bien por impunidad, o hacerlo por coacción, o porque otros te verán y te aplaudirán, sino hacer el bien porque te gusta hacer el bien, porque está en ti —y en mí— hacer el bien siempre. Borrar la pizarra es un acto de cortesía, sí, pero también de virtud. Yo, como profesor, lo hago, porque para mí es importante ser justo, creer en el bien, hacer el bien. Los pequeños detalles nos hacen grandes seres humanos, porque en los pequeños detalles está la clave más íntima de lo que somos.