Un deseo y un derecho

En este artículo de opinión, la periodista Marielba Núñez reflexiona sobre el drama que enfrentan hoy miles de inmigrantes venezolanos, quienes se ven obligados a separarse de su familia y sueñan reencontrarse con sus seres queridos

Un deseo y un derecho

Marielba Núñez

Hace algunas décadas era frecuente escuchar las historias de inmigrantes europeos que se habían visto obligados a cruzar el Atlántico para buscar trabajo y una nueva vida en tierras venezolanas. Sólo después de una temporada de sacrificios, que a veces tomaba años, lograban costear el viaje de la pareja o de los hijos que se habían quedado lejos.

Esa historia también fue común entre quienes, algún tiempo después, llegaron de Colombia, República Dominicana, Perú, Ecuador o de otros países latinoamericanos. Muchas veces eran mujeres, madres que habían tomado la decisión de buscar nuevos horizontes para tratar de asegurar un mejor destino para sus hijos.

Son ahora los emigrantes venezolanos, que se van empujados por la crisis económica y humanitaria que padece el país, quienes deben afrontar la dolorosa experiencia de separarse de sus familias. Hasta hace algunos años eran profesionales jóvenes, muchas veces solteros o recién casados, los que se veían obligados a decirle adiós a sus padres y madres.

Una generación de abuelos ha visto crecer a sus nietos a través de las pantallas de computadoras o de teléfonos inteligentes y sólo puede encontrarse con ellos gracias a eventuales viajes, que se hacen cada vez más cuesta arriba en la medida en que han ido disminuyendo las aerolíneas en Venezuela.

Sin embargo, desde hace dos o tres años el perfil de los emigrantes venezolanos ha cambiado. Ahora es común que hombres o mujeres con hogares ya constituidos partan solos, con un equipaje modesto y sin ningún ahorro, y dejen a sus niños, incluso algunos de tan solo meses, al cuidado de parientes cercanos o de amigos, mientras ellos se labran fuera de las fronteras la estabilidad que el país les niega.

Tienen ante sí un duro dilema, pues deben optar entre resquebrajar los lazos con los hijos o resignarse a que padezcan privaciones que pueden comprometer su bienestar y a veces hasta su vida.

El sueño del reencuentro es sin duda uno de los más preciados para estas familias separadas por las circunstancias y las dificultades. Debe ser el mayor de los anhelos para estos niños que están lejos de sus padres y sin duda se trata del regalo quieren recibir en esta época navideña.

Hace pocos días, el viaje que 120 pequeños iban a emprender a Perú para reunirse con sus padres, financiado por una ONG que hizo una campaña pública para buscar fondos para responder a las peticiones de emigrantes venezolanos, fue paralizado por orden del Ministerio Público, con el argumento de que 9 de ellos no cumplían con los requisitos que la ley impone para que los menores de edad salgan al extranjero.

Además de prohibirles el traslado, les anularon a todos el pasaporte, lo que en un país con tantos problemas para emitir este documento de identidad equivale a condenarlos a permanecer detrás de un muro.

Si hubo alguna irregularidad, por supuesto que era obligación del Estado actuar para proteger a los niños, pero si se demuestra que los motivos eran transparentes y que la actuación de esta organización estaba apegada a la ley, la Fiscalía tiene una deuda con estos pequeños y sus familias y está obligada a repararla.

No hay que olvidar que la reunificación familiar, especialmente en el caso de aquellas escindidas por la emigración, es un derecho reconocido internacionalmente y es un deber de los gobiernos facilitarla y promoverla, sobre todo en favor de los más vulnerables. Ojalá que ese sea el regalo que reciban esta Navidad muchos de las niñas y los niños venezolanos que hoy tienen el corazón roto.