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El periodismo, un protagonista incómodo

Marcelino Bisbal

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Es garantía de salud democrática el poder contar con unos medios de comunicación que puedan moverse libremente, sin presiones de los poderes públicos, incluso del poder económico, que además tengan la posibilidad de recibir, recabar y difundir información sin que las presiones del gobierno influyan en esa tarea. Estos principios no se pueden ejercer a plenitud en la Venezuela de hoy. Es más, cada día se les hace más difícil a los periodistas poder llevar a cabo su ejercicio profesional sin correr riesgos, o bien por el abuso de la fuerza pública, o por la aplicación discrecional de todo un conjunto de leyes que restringen la posibilidad de investigar, interpretar y difundir información que no sea políticamente correcta para el Gobierno.

Desde hace dieciséis años el Gobierno ha venido ejerciendo presiones legales que generan evidentes mecanismos de censura y autocensura, que han limitado el acceso a la información pública. El Gobierno ha usado un lenguaje que discrimina a los medios y sus periodistas como nocivos para el proceso-régimen; además, ha impuesto agendas de prioridades periodísticas sobre las cuales se puede o no se puede informar/opinar… Este es el contexto en el que se mueve el ejercicio del periodismo. La atmósfera del país hace un buen rato que está enrarecida ―cada vez más― y los límites que se le van imponiendo a los medios influyen en su funcionamiento libre para la construcción de la información. Bill Kovach, que fue periodista en The New York Times, decía hace unos años que “el periodismo y la democracia crecieron juntos. Ellos crecerán y prosperarán, o morirán juntos”.

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Una revisión analítica de la conducción del Gobierno en materia comunicacional nos demuestra que estamos en presencia de un aumento significativo, año tras año, de violaciones a la libertad de expresión e información. Se diría que hay una sistematicidad de las violaciones en la medida en que el Gobierno se manifiesta más autocrático. En este sentido, según refiere un informe de la asociación civil Espacio Público, 2014 fue el peor de los últimos veinte años para la libertad de expresión en el país. En ese año se produjeron 580 violaciones, frente a los 220 casos reportados en 2013 y los 169 en 2012. Los casos más emblemáticos tienen que ver con agresiones e intimidación a los periodistas y reporteros gráficos y luego vienen los hechos de censura y autocensura. Es bueno resaltar, desde nuestra perspectiva, que esta cifra coincide no solo con la llegada de Nicolás Maduro a la presidencia, sino también con los eventos del 12F.

La organización estadounidense Freedom House nos dirá en su informe de 2013 que Venezuela está entre los países de América Latina sin prensa libre. Apunta que el presidente Nicolás Maduro continuó los esfuerzos de su predecesor (Hugo Chávez) para controlar la prensa y demás medios de comunicación. La puntuación de Venezuela disminuyó ―en 2013 pasó de 76 a 78 puntos, lo que la coloca junto con Suazilandia en el puesto 171 entre 197 países evaluados―. La misma organización, en su informe para 2014, expresa que en nuestro país ha habido un aumento en las agresiones contra periodistas locales y extranjeros, falta de transparencia sobre las ventas de medios importantes y dificultades para obtener papel periódico, exacerbadas por las políticas económicas aplicadas por el Gobierno. El investigador Antonio Pasquali nos apunta en relación con las cifras que demuestran cuánto se está violentando la libertad de comunicar que “Estos indicadores tienen la preciosa característica no solo de confirmar la sistematicidad de las violaciones a la libre comunicación, sino de revelarnos a la vez cuánto de democracia se nos va en cada una de ellas”.

En Venezuela existen tres instituciones que son organizaciones no gubernamentales ―Espacio Público, Instituto Prensa y Sociedad (IPYS) y el Programa Venezolano de Educación en Derechos Humanos (Provea)― que se han dedicado de manera minuciosa a diagnosticar el estado de la libertad de expresión en nuestro país y por supuesto han abarcado lo que se ha dado en llamar la “era de Chávez” y ahora lo que llevamos de gobierno de Nicolás Maduro. Estos diagnósticos apuntan que el cerco a la libertad de expresión no se reduce solamente a la censura directa de un medio, o a la detención arbitraria de los profesionales del periodismo, sino que también existen otras maneras de afectar el derecho a esa libertad cívica. Estos caminos van desde la intimidación, hostigamiento judicial, restricciones administrativas… que limitan en grado importante el ejercicio de la libertad de expresión y de información en nuestro país.

A lo largo de los dieciséis años del llamado socialismo del siglo XXI se ha podido detectar la presencia de variadas formas de contención y de confrontación contra los medios de comunicación, que provienen del Gobierno, o que son alentadas desde esferas gubernamentales. Un repertorio generalista, que ha venido amenazando el libre ejercicio de la labor informativa en Venezuela durante todos estos años, nos da cuenta de la presencia de gobiernos ―primero el de Hugo Chávez Frías y ahora el de Nicolás Maduro― que no tenían en su agenda la idea de una comunicación social más libre y plural, sino todo lo contrario.

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Todos los años, en el mes de mayo, se celebra en casi todo el planeta el Día Mundial de la Libertad de Prensa. El 3 de mayo de 1993 la Asamblea General de las Naciones Unidas proclama la tesis de que se debe reconocer una prensa libre, pluralista e independiente como el componente esencial de toda sociedad democrática y un derecho humano fundamental. Para este año 2015 tres son los temas que se han propuesto para celebrar, debatir, pensar y actuar en relación con el Día Mundial de la Libertad de Prensa:

Mientras se anuncian esos tres temas de gran significación y reto para el periodismo de estos tiempos, en Venezuela estamos inmersos en un declive de los medios críticos e independientes. Tenemos un Gobierno con poca imaginación para los asuntos públicos, en especial para el manejo de la economía, que repite y aplica los mismos métodos del marxismo más rancio, pero que no improvisa en el tema de las comunicaciones. Allí nada se deja al azar.

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No es posible en Venezuela plantearse los temas que se proclaman desde las Naciones Unidas para este año sin abordar y advertir lo que está sucediendo con el control de la libertad de comunicar y con la idea de control social que el Gobierno quiere instaurar en todos los espacios de la vida pública. El periodismo es un protagonista incómodo, pues desde allí se evidencia hacia dónde se nos quiere conducir. Quisiera citar uno de los apartes del artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos que dice:

No se puede restringir el derecho de expresión por vías o medios indirectos, tales como el abuso de controles oficiales o particulares de papel para periódicos, de frecuencias radioeléctricas, o de enseres y aparatos usados en la difusión de información o por cualesquiera otros medios encaminados a impedir la comunicación y la circulación de ideas y opiniones.

Todos esos mecanismos de restricción de medios y de información están puestos en práctica como nunca antes lo habíamos visto. El des-orden reina en todo el país y la cultura del autoritarismo se ha ido imponiendo poco a poco, porque “la cultura es, sobre todo, un modo de existir cotidianamente”. La suerte del país se jugará en la cultura de la unidad y esta se vuelve a poner en práctica ahora con las elecciones parlamentarias que se aproximan. Desde allí, saliendo todos a participar, quizás estemos a las puertas de ingresar a un cambio, la de un tránsito hacia unas comunicaciones democráticas. Las cosas empiezan a moverse en la dimensión de que el cambio sí es posible. Sí se puede derrotar el des-orden.

Publicado en el diario El Nacional el 8 de mayo de 2015

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