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Cuatro Congresos

Elías Pino Iturrieta

En 1811, un grupo de novatos se reúne en congreso para discutir el destino de Venezuela. No saben donde están parados. Deben atender el apremio que los convoca, en relación con el papel de la provincia mientras el imperio español se desmorona, pero sus luces apenas les permiten dar trompicones. Como jamás nadie los ha puesto ante un desafío de tal estatura, una cosa piensan en la mañana y en la tarde cambian de opinión. Además, deben mirar asuntos internos que desconocen y sobre los que no han tenido incumbencia, como las diferencias regionales que empiezan a aflorar y el negocio peliagudo de la participación de los pardos en una sociedad moderna y distinta. Viven una experiencia de contradicciones que parecen insalvables, debido a que no saben cómo solucionarlas. Les llegan amenazas que envían desde las posesiones del Caribe las tropas españolas, y rumores firmes sobre el descontento de sectores afectos a la monarquía, pero al final arrinconan las vacilaciones, declaran la Independencia e inician el itinerario de la república.

En 1819, en medio de la guerra, otro conjunto de representantes sin experiencia se congrega en Angostura, convocado por Bolívar para que apruebe una Constitución. Los diputados que navegan por el Orinoco tampoco son expertos en el campo de los debates parlamentarios porque no han tenido tiempo de practicarlos ni responden a la llamada del poder civil. Los ha conminado un hombre de armas que pretende apuntalar su dominio a través de la presentación del modelo de república que ha barruntado en medio de los combates. Medio país está dominado por Morillo, o  poco más de medio país, y apenas la vela del convocante permite la observación de algunas esperanzas que ellos deben mirar con cuidado antes de ponerse a aprobar regulaciones nuevas. ¡Y cómo las miran! En medio de los aprietos del momento y pese al crecimiento de la autoridad del autor de la Carta Magna, se  niegan a aprobar el proyecto de Poder Moral y de Senado Hereditario que quiere imponer. No es hora de una pretensión que merece mayor estudio porque no huele a republicanismo del puro, concluyen y se van con la conciencia tranquila.

En 1830, cuando ha terminado la pelea contra España y todavía existe Colombia, un congreso formado por representantes venezolanos se instala en Valencia para reflexionar sobre el futuro de su territorio, que ha dejado de ser república autónoma para convertirse en departamento dependiente de la remota Bogotá. También tiene el propósito de discutir sobre el régimen de facto que se ha establecido después del desconocimiento de la Constitución de Cúcuta, por un movimiento militar que ha entregado el poder a Bolívar. Muchos de los diputados han brillado en los parlamentos de Cúcuta, de Ocaña y de la incómoda capital, de manera que tienen cómo manejarse con propiedad desde sus escaños, pero la rectificación que procuran no solo implica la desaparición de una configuración política nacida de la epopeya, sino también la negación de la autoridad del héroe fundamental de la Independencia mientras es inminente la alternativa de una guerra civil. No obstante, en  medio de semejantes apremios se funda la República de Venezuela que ha llegado hasta nuestros días.

En 2016, después de una abrumadora victoria en las elecciones, la Asamblea Nacional de Venezuela trata de rescatar el poder que los parlamentarios de la oposición representan debido a una tradición de entereza y autonomía que remonta a los orígenes de la nacionalidad. Después de tres décadas de gobierno autoritario, dan la batalla por el restablecimiento del sistema de frenos y contrapesos propio de una república. Pero, con la complicidad del resto de los poderes públicos, el Ejecutivo pretende la clausura de sus deliberaciones. Ahora, en una desoladora exhibición de mengua mental y de inopia  cívica, pero también de desesperación, Nicolás Maduro amenaza a los representantes del pueblo con quitarles el sueldo y con cortar la luz del Capitolio. Es una intimidación irrisoria, si se compara con las que debieron apurar los diputados del pasado, pero también una posibilidad de oro para quienes tienen la obligación de continuar una edificante historia.

Publicado en el diario El Nacional el 7 de agosto de 2016

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