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Comunicar el periodismo -precariedad y nuevos desafíos-

A sign reading "Without free press, there is no democracy", is pictured during a protest by newspaper workers and opposition parties to demand from the government U.S. dollars at a prime rate to buy paper for their publications, in Caracas February 11, 2014. Newspaper owners claim they are close to running out of their stock of paper due to the lack of dollars to import it, local media said. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins (VENEZUELA - Tags: POLITICS CIVIL UNREST MEDIA BUSINESS)

Marcelino Bisbal

1. Quisiera comenzar citando tres epígrafes que nos van a ayudar a entender lo que de seguidas voy a desarrollar:

El primero es del profesor e investigador venezolano Antonio Pasquali:

El chavista es el primer gobierno del país que comprende la importancia capital de las comunicaciones para modelar sociedades, y es una lástima que haya aplicado esa comprensión a la causa equivocada.

El segundo epígrafe corresponde al escritor y cronista venezolano, Alberto Barrera Tyszka que nos expresa:

Este gobierno puede improvisar en todo menos en las comunicaciones. Llevamos catorce años viendo cómo se reproduce mil veces un guión.

El tercer y último epígrafe es del investigador en comunicaciones Germán Rey (colombiano) que nos dice:

La comunicación es central para un rediseño de la vida democrática. Pensar la democracia hoy es hablar de democracias de alta calidad y de baja calidad, de democracias fortalecidas frente a democracias frágiles; y su fortaleza o debilidad tiene mucho que ver con las posibilidades comunicativas de la sociedad, de los ciudadanos, con los procedimientos reales de expresión de la sociedad.

 2. Estos tres epígrafes nos hablan de cómo el Gobierno conformó, desde el año 2001, un nuevo régimen comunicativo. La comunicación social –léase mejor información– y los medios por donde ella circula han ganado en estos ya casi diecinueve años un papel estratégico para el poder instaurado desde 1999.

La idea casi exclusiva de la comunicación dentro de una economía abierta y competitiva empezó a cambiar desde los inicios del régimen chavista. Pero en el tiempo también empezarían a cambiar las comunicaciones libres, abiertas y plurales.

En la denominada era bolivariana la subordinación de los medios y sus comunicaciones con respecto a la política, ha venido siendo una constante impuesta desde la cúspide del poder. Hoy, el debate político para el mundo oficialista se juega en y desde los medios, de ahí que el Gobierno haya querido imponer lo que denominamos un nuevo régimen comunicativo.

Este nuevo modelo de estructura comunicacional ha intentado, con éxito, la ruptura, reorientación y reorganización del régimen comunicativo anterior, especialmente de los llamados medios públicos –nunca tan gubernamentalizados y partidizados como en el presente–  con la única función de asegurar un orden fundado en controles oficiales para inducir en la sociedad la idea de que el hombre nuevo está naciendo y, al mismo tiempo, llevándose por el medio la memoria del pasado político, la historia del país, su cultura, su identidad y las actitudes de tolerancia y pluralismo.

El tiempo ha transcurrido y en estos años, hasta el presente, las comunicaciones y las políticas públicas impuestas para ellas han sido de mayor control y regulación; de creación de mecanismos jurídicos que han significado intimidación y autocensura; de diseño de una amplísima plataforma mediática de carácter hegemónico y el establecimiento de una narrativa y arquitectura simbólica que en algún momento logró convencer a la mitad del país.

En definitiva, la operación que se puso en marcha desde los sucesos de 2002 se conecta con la idea expuesta en el Brasil de 1934, plena dictadura de Getulio Vargas, cuando un grupo de intelectuales cobijados en el gobierno le dijeron a este que “los medios de comunicación no deben pensarse como simples medios de diversión, sino como armas políticas sometidas al control de la razón del Estado”.

Lo que ha venido ocurriendo en el tiempo es la pérdida de un periodismo crítico, plural e independiente; las restricciones a la libertad de expresión y de información; el escandaloso secuestro de la radio-televisión pública; el asalto a Conatel para convertirlo en una entidad más política que técnica; la creación de leyes que controlan contenidos incómodos para el Gobierno; la discriminación publicitaria hacia los medios que son críticos; el caso de RCTV; la concepción de las telecomunicaciones para la construcción de una sociedad socialista; el intento sostenido de querer imponer un modelo cultural distinto de corte personalista, autoritario y militarista…

3. Si esta es la realidad del presente en el campo de las comunicaciones ya nos podemos imaginar cómo es hoy el ejercicio del periodismo aquí y ahora. Apuntemos, de manera muy esquemática, algunos indicadores de ese ejercicio.

El campo periodístico en la Venezuela del presente se ha transformado profundamente. Los cambios que ha sufrido no son solo del orden estructural, sino también del orden de lo político y cultural. A estos últimos me quiero referir.

El ejercicio periodístico-hoy se ve envuelto en una serie de contratiempos y amenazas que han puesto de manifiesto la necesidad de apuntar que es necesario repensar la información periodística como un bien público dentro del marco de las miserias, los riesgos y las inquietudes que envuelven a la sociedad venezolana del presente.

Es que el ejercicio periodístico no puede apartarse del contexto donde se ejerce, y mucho menos puede desligarse del funcionamiento de la democracia. Ya nos lo decía muy claramente el sociólogo chileno José Joaquín Brunner:

“Existe una conexión profunda entre el sistema político prevaleciente en una sociedad determinada y el régimen comunicativo que aquél en parte condiciona y al cual necesita para subsistir”. Lo expresa también muy bien Antonio Pasquali cuando nos dice que hay que entender que  la comunicación  es la piedra fundacional de todo lo que estamos pensando y haciendo. “No es la polis la que crea un modelo de comunicación, es la comunicación la que crea sociedad. Entes incomunicados no pueden formar estructura social”.

Así, Venezuela vive terribles amenazas desde la racionalidad política, económica, social y cultural-comunicacional que caracteriza al actual Gobierno dictatorial en funciones de Estado.

Entonces, el periodismo tiene que elevarse desde sus propias dificultades y carencias para convertirse en vocero crítico de las patologías políticas y sociales que rodean al ejercicio del poder, que cada vez con más fuerza y decisión se empeña en poner trabas y hasta en detener cualquier proceso de desarrollo democrático que implica desde este orilla –la del periodista– hacer que el ejercicio periodístico y comunicacional ponga de manifiesto al mayor número de personas los hechos sociales, políticos, económicos, culturales  que marcan la vida social.

 Esto implica la existencia y presencia de un periodismo independiente tanto del Gobierno como de los empresarios de medios, que sea capaz de contribuir a la elaboración de marcos y pautas de referencia y que logre que la ciudadanía adquiera las representaciones necesarias para reconocerse como integrante de un país y, en definitiva, de un conglomerado social y para reconocer que el poder político o cualquiera otra forma de poder tiene que estar subordinado a los intereses de vida del ciudadano y no el ciudadano y su vida subordinados a los intereses del poder.

Difícil tarea esta que se le otorga al campo periodístico y mucho más difícil cuando estamos en presencia de un poder político que intenta, por diferentes vías y mecanismos nada juiciosas y mucho menos éticas y morales, conculcar nuestras expresiones y opiniones, y hasta nuestro propio ejercicio de ciudadanía, e incluso de ciudadanía mediática.

 Bajo esa perspectiva es que afirmamos que los periodistas tienen una tarea bien importante, pero difícil y compleja a la vez. Cuando este Gobierno dictatorial se ha venido convirtiendo poco a poco en una maquinaria coactiva; muy poco preocupado por el desarrollo de las mayorías más allá de que ellas le otorguen la “buena pro” para perpetuarse en el poder; interesado en la formulación de planes  que lo legitimen en cuanto poder político por encima del resto de la sociedad; cuando no reconoce a las fuerzas políticas de la oposición como legítimas y presentes; cuando ve a los comunicadores-periodistas y los pocos medios que todavía no están bajo su control como un opositor peligroso… es cuando sigue teniendo validez aquello que el español Ortega y Gasset afirmara en relación a los periodistas y la prensa en la España de 1930:

No existe en la vida pública más “poder espiritual” que la prensa. La vida pública, que es verdaderamente histórica, necesita siempre ser regida, quiérase o no. Ella, por sí misma es anónima y ciega, sin dirección autónoma. Ahora bien, a estas fechas han desaparecido los antiguos “poderes espirituales”(…) En tal situación, la vida pública se ha entregado a la única fuerza espiritual que por oficio se ocupa de la actualidad: la prensa.

4. No quisiera desaprovechar este momento para hacer una solicitud a ustedes, señores diputados, a esta Asamblea Nacional (AN) conducida desde la mayoría democrática.

Desde este lado estamos conscientes que lo que se formule en materia de políticas públicas en comunicaciones va a ser desatendido desde el Ejecutivo. Esto a pesar de que el país democrático es hoy mayoría no solo en este espacio de la AN, sino en todo el país.

Somos conscientes de esto, pero creo que es nuestro deber, es su deber, fijar las bases, el rumbo, de unas políticas públicas para hacer de las comunicaciones un verdadero servicio público que es una condición necesaria y connatural de la democracia.

En tal sentido, me permito apuntar muy esquemáticamente lo que un grupo de investigadores-académicos y periodistas esbozaron en un momento, no tan lejano, como las tareas que están pendientes en este campo y que debemos preparar para el “Cambio”. Así:

  1. Lograr una verdadera y genuina democratización de las comunicaciones.

  2. Definir una auténtica política pública comunicacional de transparencia informativa y garantías comunicativas para todos los venezolanos.

  3. Edificar un genuino Sistema Nacional de Medios Públicos, encabezado por la oferta de una Radiotelevisión de Servicio Público, estructurado sobre la base de una autonomía de dirección y con la más amplia participación social en su dirección y acción, lo que implica la total des-gubernamentalización de dichos servicios.

  4. Revisar y corregir los excesos regulatorios de las normas diseñadas para las comunicaciones dentro del marco de los derechos a la información y a la comunicación.

  5. Promover mediante normas jurídicas el acceso a la información pública.

  6. Llevar a cabo la revisión de la legislación y la normativa reglamentaria de las telecomunicaciones para ofrecer garantías de transparencia y apertura, justos procesos administrativos y reglas claras en lo concerniente a la asignación de frecuencias y su correspondiente regulación.

  7. Retornar a Conatel las características de organismo autónomo y técnico, lo que significa despolitizarlo y devolverlo a su misión principal de regulación y ordenamiento del sector de las telecomunicaciones en el país.

…y algunas más que nos deben de garantizar los principios declaratorios de los artículos 57 y 58 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y aquello que dijera la Unesco, cuando hizo explícito el Derecho a la Información, al expresar que “La información es un componente fundamental de la democracia y constituye un derecho del hombre, de carácter primordial en la medida en que el derecho a la información valoriza y permite el ejercicio de todos los demás derechos”.

5. Para terminar, unas últimas líneas para mis colegas y amigos periodistas. Quiero reproducir “en extenso” una homilía de mi buen amigo Jesús María Aguirre. Decía:

Un día de estos el profesor Marcelino Bisbal, compañero de fatigas, me regaló un libro con un título bastante procaz, al menos para ser leído por un cura decente: El pianista en el burdel.

Ante mi cara de extrañeza, me añadió: ‘Léelo te interesará. Ve la cita de la entrada’.

‘No le digáis a mi madre que soy periodista, prefiero que siga creyendo que toco el piano en un burdel’ (Del repertorio popular).

Sabía que pertenecía a un gremio con fama de bohemios, pero no conocía este dicho popular, que sacudió de nuevo mi autoestima profesional. A veces uno esconde esa pertenencia y se presenta –más eufemísticamente– como comunicador, profesor, jesuita, investigador…

Después de un reposo reflexivo me dije: no deja de tener algo de razón. Recogidas las experiencias de largos años, uno puede decir que hay especímenes y hasta tribus de colegas que puedan considerarse así de avergonzados.

El mundo de las comunicaciones nos induce ciertamente a ser bastante ‘escépticos’, pero no ‘cínicos’, como señala Kapuscinsky. Cierto escepticismo profesional nos induce a desconfiar de cualquier hecho propalado, valorar la sinceridad,  discernir pseudoacontecimientos o simulacros, pero nuestra condición de profesionales que buscamos la verdad en el horizonte de nuestro trabajo no nos permite caer en el cinismo de quien afirma ‘todo da lo mismo’ o ‘todo vale’ con tal de vender o consolidar el poder. El comunicador responsable no es un Pilatos que se lava las manos por transacciones con el poder, sacrificando a la ciudadanía inocente, ni un Judas que vende su alma al mejor postor.

               

Las perturbaciones de estos últimos años, la descalificación sistemática de los profesionales, el enconamiento del Gobierno con los medios, las amenazas abiertas o disimuladas, el cierre de varias voces significativas, pueden ir minando nuestra asertividad y nuestro compromiso con la verdad, esa ‘verdad que nos hace libres’, según la Buena Nueva del cristiano (…).

Pero creo que la presencia de ustedes aquí es un mentís del dicho popular y una afirmación de que no claudicamos ante los chantajes actuales:

  • No nos avergonzamos de llamarnos periodistas y/o comunicadores,

  • Consideramos que nuestra profesión, aun sin la euforia de Gabriel García Márquez, ‘es el mejor oficio del mundo’, o al menos, de los que más merecen la pena vivirse,

  • Sabemos lo que significa nuestra profesión para sostener el tejido social de nuestro país, particularmente en este tiempo de fracturas,

  • Estamos empeñados en ser los primeros en defender las libertades públicas, necesarias para el diálogo social y sin claudicar del principio de buscar la verdad.

 Muchas gracias.

(Ver también: Marcelino Bisbal: «El periodismo no tiene por qué ser militante»)

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