Para algunas empresas vender productos anónimos y atraer clientes “como sea” es más importante que mantener el significado y la reputación de una marca.
La existencia de un falso local de Walmart en Puerto Cabello es un asunto que tal vez no debería sorprendernos, dado que en la escurridiza vida latinoamericana lo usual es tropezarnos con tiendas de este tipo, que no tienen una marca claramente identificada, genuina, que fingen ser lo que no son, que dicen ser otra cosa, pero a pesar de ello se convierten en prósperos negocios.
En este tipo de comercios se venden productos de toda especie, desde ropa deportiva y cosméticos hasta artículos de limpieza e higiene cuyas marcas por lo general han sido adulteradas, o simplemente son anónimas, no existen. Sin embargo, son exitosos negocios para los miles de entusiastas consumidores necesitados de artículos que más o menos satisfacen sus requerimientos a bajos precios.
Que sean exitosos no oculta un problema de fondo inherente a estas actividades: el frágil apego que ha existido en la región respecto a las normas que regulan el uso de las marcas, su identidad gráfica y otros elementos propios de estas lides.
En Estados Unidos, la piratería y toda desviación parecida es un delito que se paga muy caro, pero en el paisaje latinoamericano, desde la lejana Patagonia hasta el desafiante norte de México, es parte de una geografía cotidiana donde difícilmente encontraremos un ser humano que no haya saboreado esta suerte de economía paralela, que a veces es más real que los propios mercados bursátiles especulativos o el inasible mundo de las criptomonedas de utilería.

El tal «león americano» es habitante milenario de toda América, desde Alaska hasta la Patagonia y pasando por el Ávila, en Caracas.