elucabista.com

El NO y el SÍ de Jesús de Nazaret | POR LUIS UGALDE

A propósito de la guerra en Ucrania y el tiempo de Cuaresma, el sacerdote jesuita comparte sus reflexiones sobre este período de preparación, introspección y conversión espiritual. «El dilema de las personas y de la humanidad es aceptar a Dios-amor o, por el contrario, sucumbir a la tentación diabólica de coronarse como dios-poder de dominación y de riqueza endiosada», subraya

Hay momentos en los que la Humanidad se ve obligada a escoger entre la vida y la muerte. Este es el dilema ante la guerra criminal de Putin contra Ucrania.

A los católicos, los 40 días de la Cuaresma nos ponen a escoger entre la vida o la muerte; entre el dios diabólico al que Jesús dice No y el Dios-amor al que no solo dice SÍ, sino que da su vida y nos invita a donar la nuestra para ganarla con pleno sentido. El evangelista Lucas presenta, en el capítulo 4, el dilema de Jesús en su misión de Hijo de Dios. Guiado por el Espíritu va al desierto y allí el demonio lo tienta ofreciéndole triunfos personales, egocéntricos, centrados en su poder y dominación del mundo. “Si te postras ante mí – le tienta el demonio- todo será tuyo” (Lucas 4,7). Si Jesús desea ser Dios con poder de dominio como dueño del mundo, aceptará esta oferta diabólica que convierte a la humanidad en un infierno. El Nazareno responde con un No radical. Ese no es su Dios; él se siente llamado a ser Hijo de Dios-amor. El reto de su vida es reflejar al Padre como amor encarnado humanamente, de manera que quien lo vea a él en su condición humana vea a Dios.

Lucas, en el mismo capítulo, nos muestra a Jesús que -movido por el Espíritu- va el sábado a la sinagoga de Nazaret y lee ante la comunidad lo que el profeta Isaías nos presenta como la verdadera identidad del Hijo de Dios: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres, me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor” (Lucas 4,18). Jesús, emocionado, reconoce su identidad y vocación liberadora y da un SÍ rotundo. Ese es su modo de ser Hijo de Dios-amor, cuyo encuentro significa la liberación integral de toda persona y de la humanidad.

Pero el demonio no desistió y logró que los discípulos cayeran en disputas de poder y ambición. Jesús les reprochó: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen (…) No ha de ser así entre ustedes; por el contrario, quien quiera ser el primero que se haga servidor de todos. Como el Hijo del Hombre que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por muchos”. (Mateo 20 y Marcos 10).

La última tentación de Jesús para que renunciara a su Padre, Dios-amor, fue en el tormento de la cruz: Si eres el Hijo de Dios -se burlaban- baja de la cruz y creeremos. Jesús lo venció al morir perdonándolos y mostrando que “nadie tiene más amor que quien da la vida por otro”. Ese amor radical de Dios es más fuerte que la muerte, como demostró el Padre resucitando a Jesús y poniéndolo como camino y vida para toda la humanidad.

El dilema de las personas y de la humanidad es aceptar a Dios-amor o, por el contrario, sucumbir a la tentación diabólica de coronarse como dios-poder de dominación y de riqueza endiosada. Los 40 días de la Cuaresma cristiana son para discernir cuál es nuestro Dios. Cuando en el corazón humano el poder y la riqueza se convierten en valor supremo, son entronizados como dioses que tiranizan y oprimen. Estas no son consideraciones celestiales alejadas del mundo real. Ucrania vive en esa encrucijada porque quien quiere ser omnipotente en una Rusia imperial, decide tiranizarla. También el pueblo de Venezuela está crucificado por quienes imponen su poder como dioses supremos.

Alianza entre racionalidad y muerte

Hace dos siglos y medio, la revolución cultural de la Ilustración aceleró la transformación del mundo con su racionalidad científico-instrumental y entronizó a la Diosa Razón con la convicción de que ella con su luz desterraría la oscuridad y el mal del mundo, pues según ellos la única causa del mal es la ignorancia. El tiempo ha demostrado que la racionalidad instrumental sola no elimina el mal; más aún, puede potenciar y multiplicar la capacidad de matar y destruir, como demostraron las dos estúpidas y criminales guerras mundiales, poniendo la ciencia instrumental al servicio de las potencias y elevando al infinito la capacidad de asesinar a decenas de millones… Y eso no se acabó en 1945, ni con el final de la Guerra Fría, medio siglo después.

La racionalidad instrumental científico-técnica, si se somete al poder y a la riqueza como dioses, lleva a la destrucción de la humanidad. En el siglo XXI, con más capacidad de muerte. Ahí está la guerra de Ucrania y la amenaza asesina de las armas nucleares, biológicas y químicas: la ciencia y tecnología al servicio de la maldad humana y convertida en enemiga de la humanidad. Aun en el caso de que no se empleen, su construcción y acumulación se hace a costa de muchos billones de dólares; esto, despojando a la humanidad y a sus necesidades de salud, educación, alimentación y fraternidad.

El poder y los bienes materiales son necesarios para el bien común y para salir de la miseria y de las carencias inhumanas. El problema surge cuando el corazón humano cede a la tentación diabólica y convierte los medios en fines, en dioses ante cuyos altares es sacrificada la humanidad de los más débiles. Jesús, al afirmar radicalmente y por encima de todo a la persona humana, desde los más pobres, siempre será objeto de persecución de los dioses diabólicos que quieren señorear este mundo desarrollando su fuerza de dominación y de destrucción.

Es el espíritu humano el que, ganado por el Dios-amor, convierte el poder en instrumento del bien común y de superación de la miseria de miles de millones. Por eso la Cuaresma con Jesús tiene pleno sentido para la conversión del espíritu humano, que transforma a los lobos en hermanos y nos trae la alegría de encontrar el sentido de nuestra vida como hijos de Dios, dándola para que todos la tengan. Es lo que celebramos con la muerte y Resurrección de Jesús y su fuerza transformadora del mundo para que todos tengan vida.

♦Foto: AP

Salir de la versión móvil