El director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UCAB reflexionó sobre los hechos políticos que dieron lugar y siguieron a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, y resaltó la importancia que tuvo la construcción de acuerdos para restituir la democracia. «Para que sean posibles las transiciones, tú no bailas solo con quien quieres», aseguró
El aniversario 68 de los sucesos políticos y sociales que produjeron el derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958, y la posterior instauración de un régimen democrático en Venezuela durante las siguientes cuatro décadas, coincide este 2026 con lo que el director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Católica Andrés Bello (IIH UCAB), Tomás Straka, califica como «la mayor crisis que padece el país», en medio de la «ruina de la república» y el desmantelamiento de la democracia.
En ese contexto de dificultades -marcado por los hechos del pasado 3 de enero y un tipo de tutelaje de la mayor potencia militar global, como lo es EE. UU.-, el rumbo político e institucional de Venezuela es incierto y constituye un desafío para la sociedad venezolana.
«Nunca ha sido más urgente reconstruir una república y fortalecer la democracia», afirmó Straka, para quien este proceso, como sucedió a partir del 58, ameritará de capacidades individuales y colectivas.
«La forma en la que Venezuela puede constituirse en un orden republicano, es decir, en una comunidad política en la que los ciudadanos son los que tienen la soberanía, ejercen el poder y libremente dan una conducción, y que eso sea desarrollado de manera democrática para dirigir nuestras vidas libremente, son dos tareas que tenemos delante de nosotros», puntualizó en entrevista a El Ucabista.
El espíritu del 23 de enero
En 1958, la labor concertada de los partidos políticos Acción Democrática (AD), Copei, Unión Republicana Democrática (URD) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV) fue clave, junto con el acompañamiento del estamento militar y la acción de sectores de la sociedad civil, como la Iglesia, el empresariado, los estudiantes, los intelectuales y las fuerzas obreras agrupadas en sindicatos, para enrumbar el país hacia la democracia.
De acuerdo con Straka, especialista en Historia de las ideas políticas en América Latina, la capacidad de conciliación tanto de actores políticos como de sectores heterogéneos con grandes diferencias entre sí y un historial de enfrentamiento y conflictividad, es una lección que deja el proceso democratizador que arrancó a partir del 23 de enero hace casi 70 años.
«Hoy parece como obvio que las personas que asumen el gobierno después que se va Pérez Jiménez podían conducir a una democracia, pero eso no estaba ni remotamente seguro, eso no se daba por descontado en esos días. Hombres que vienen del medinismo, de AD, de Copei, así como del perezjimenismo, y que toda esta gente se puso de acuerdo, que hayan hecho una especie de mea culpa general, para llegar a unos consensos mínimos y avanzar hacia una democracia, dentro del marco de una gran pacto social, es una referencia que puede servir como lección», detalló el doctor en Historia.
«En las transiciones no bailas solo con quien quieres»
En una entrevista televisiva con los periodistas Carlos Rangel y Sofía Ímber, en 1978, el expresidente Rómulo Betancourt, una de las figuras políticas estelares del proyecto democratizador que nació el 23 de enero de 1958, destacó que fue crucial que «las fuerzas democráticas del país no se devoraran en una lucha, sino que nos pusiéramos de acuerdo para enrumbar a Venezuela por la democracia”.
Precisamente, Straka rescató la perspectiva que tuvieron los protagonistas de la transición que siguió a la caída del régimen perezjimenista, quienes apostaron por procurar acercamientos y trabajaron para lograr las reglas de juego que abrieran paso al sistema de libertades y construyeran un piso de estabilidad que lo hiciera sostenible en el tiempo.
«En las transiciones no bailas solo con quien tú quieres bailar. En las fiestas tú sacas a bailar a la pareja que quieres o que prefieres. Pero para que sean posibles las transiciones, tú no bailas solo con quien quieres y tienes que deponer algunas de tus aspiraciones más extremas si el otro también las puede deponer. Todo eso en un marco de un amplio consenso social, no solamente se trata de los partidos políticos. En el 58, toda la sociedad decidió dar un paso adelante en la búsqueda de otro destino para Venezuela», explicó.
El valor del Pacto de Puntofijo
En 1998, en su discurso de orden por la conmemoración de los 40 años del 23 de enero, el historiador, abogado, filósofo y escritor Luis Castro Leiva, definió entonces el Pacto de Puntofijo como «la decisión política y moralmente más constructiva de toda nuestra historia».
Para Straka, el acuerdo que suscribieron AD, URD y Copei el 31 de diciembre de 1958, en la residencia de quien sería dos veces presidente de la República, Rafael Caldera, es «uno de los consensos políticos más cívicos e institucionales de los que puede haber en América para construir una democracia».
El Pacto de Puntofijo establecía tres puntos de compromiso por parte de las fuerzas políticas: uno, defensa de la constitucionalidad y del derecho a gobernar conforme al resultado electoral; dos, un gobierno de unidad nacional conformado por una coalición en la que ninguna de las fuerzas políticas sería hegemónica, y en tercer lugar el compromiso de los partidos políticos a presentar al electorado un programa de gobierno común.
De acuerdo con el también director del Doctorado en Historia de la UCAB, la importancia y eficiencia de aquel acuerdo lo evidencian los intentos de acciones similares para navegar las conflictividades y tensiones políticas en otras latitudes de la región, como en Cuba y Argentina, que no prosperaron.
«La forma en la que el Pacto de Caracas, entre los peronistas y sus opositores va a encallar en las dictaduras argentinas, por ejemplo, demuestra la eficiencia y lo importante que fue el Pacto de Puntofijo, que resultó por mucho tiempo pero que, como todo, tiene sus lunares. Sirvió para echar a andar la democracia, pero hubo momentos en que debió haber sido reformado y su lógica debía transformarse en otra cosa. Eso lo entendió Caldera ya en el 69 y hubo problemas para que eso pudiera llevarse a cabo», precisó.
68 años después: política sin mecanismos institucionales
Tomás Straka consideró que los partidos políticos, cuyo accionar resultó fundamental en el año 1958, lucen intrascendentes ante la coyuntura actual, ya que están disminuidos en su acción e influencia por las características de la dinámica política de las últimas dos décadas, así como por el recrudecimiento de las condiciones para la participación ciudadana en los últimos dos años.
«El 23 de enero la sociedad encontró en los partidos políticos un vehículo para que todas las insatisfacciones y esperanzas del momento encontraran una solución: una democracia administrada para poder darle cabida a todo eso», apuntó.
Recalcó el académico que la sociedad venezolana de 2026 debe desarrollar alternativas institucionales que le permitan alcanzar los consensos que ya no pueden construir las organizaciones políticas.
«Los partidos eran mecanismos institucionales: organizaban a la sociedad, eran sus cajas de resonancia. La sociedad venezolana tiene que ver, de cara al 23 de enero –ya que no tenemos mecanismos para crear consensos–, cómo los podemos generar el día de hoy. Tenemos que ver qué podemos hacer para sustituir eso que fueron los partidos por lo que haga falta hoy. La sociedad tiene que encontrar una forma de organización que trascienda los partidos y los propios partidos políticos tienen que repensarse«, agregó Straka.
«La desmemoria se paga muy caro»
En la introducción de su libro Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903 – 1992), en su edición de 2007, el historiador Manuel Caballero destaca que «si hay algún rasgo prominente de la idiosincrasia venezolana es la tendencia a la autodestrucción».
Según Straka, la ausencia de memoria histórica ejemplifica muy bien esa tendencia que definió Caballero, pues fue uno de los factores que, en medio de la crisis institucional que sufrió el país en los años noventa, impidió a sus grupos sociales y ciudadanos comprender y valorar el significado y alcance del proceso democratizador que siguió al 23 de enero de 1958.
«La desmemoria se paga muy caro, es muy costosa. Al nosotros evaluar la crisis institucional, en los años 90 hicimos como aquel refrán que tienen los anglosajones: botamos el niño con el agua sucia de la bañera. Es decir, toda la crítica que se le hizo a la democracia, y la desvalorización en torno al 23 de enero, generó una idea general de que el problema no era el funcionamiento de la democracia, sino la democracia en sí, y que nada de lo que se logró valía la pena; que todo era malo, que no había ningún mérito», explicó Straka.
El historiador agregó, en ese sentido, la importancia de que la nación eche mano a su memoria histórica para que aprenda de sus errores.
«Hemos llegado a un punto tan bajo en nuestra crisis, en la ruina de la república y en el empobrecimiento de la democracia, que es obligatorio pensar cómo fue que llegamos hasta acá, qué fue lo que pasó. Es a esa suerte de terapia a la que tenemos que enfrentarnos los venezolanos», reflexionó Straka.
♦Texto: Jesús Abreu Mena/Fotos: Manuel Sardá
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