En el marco del programa formativo «Afuera de la Colmena» de Extensión Social UCAB, el jesuita Eduardo Soto y el  monje zen Densho Quintero explicaron los tres niveles de la reconciliación: coexistencia, convivencia y comunión. También ofrecieron una mirada a la justicia restaurativa y  señalaron la necesidad de superar la «deshumanización del otro» en el contexto venezolano

En un país socialmente polarizado, donde uno desconfía del otro, es imperativo dar paso a la reconciliación, un proceso que empieza en cada persona y se construye desde las bases de la vida comunitaria.

En esto coincidieron Densho Quintero, monje zen bogotano, y el padre Eduardo Soto Parra, S.J., exdirector del Servicio Jesuita para los Refugiados de Venezuela, durante el foro “Aproximaciones a los procesos de reconciliación”.

Organizado por la Dirección de Proyección y Relaciones Comunitarias de la  Extensión Social UCAB, el evento reunió a miembros de la comunidad universitaria, entre ellos una veintena de estudiantes pertenecientes a la cuarta cohorte del programa «Afuera de la Colmena» iniciativa dirigida a dotar a los alumnos ucabistas que se incorporan como voluntarios de herramientas teórico-prácticas que les permitan desarrollar su trabajo en las comunidades y convertirse en constructores de tejido social.

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“La paz no es ausencia de conflicto y no se mantiene por la fuerza”

De acuerdo con Soto, abogado egresado de la UCAB y actual párroco de la Universidad Central de Venezuela (UCV),  la reconciliación consta de tres niveles: la coexistencia (pacto de no agresión), la convivencia (acuerdos para el bien común) y la comunión (trascendencia del daño, vista desde la espiritualidad).

Sin embargo, apuntó que alcanzar esos estadios no es siempre tarea fácil. “La paz no es ausencia de conflicto y no se mantiene por la fuerza”, dijo, por lo que lo importante es saber gestionar las diferencias de forma creativa, sin violencia, y, de esa forma, dar pie al crecimiento social y político.

El también investigador y profesor universitario,  quien tiene  un doctorado en Paz y Conflictos Sociales de la Universidad de Manitoba, Canadá, insistió en lo valioso que resulta formarse académicamente en esta área para aquellos que desean realizar contribuciones profesionales a procesos de reconciliación de pequeña o gran escala.

“Es una disciplina que se ha venido desarrollando en los últimos 30 años y que se interrelaciona con otras disciplinas, como la psicología social, política crítica, literatura, teología, entre otras, que se conectan para lograr que las sociedades, personas y comunidades puedan desarrollar un proceso para construir y mantener la paz”, comentó el jesuita.

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Para la reconciliación hace falta conciencia

“No hay peor fuego que la pasión ni peor pecado que el rencor”, sostuvo Densho Quintero para explicar que, de acuerdo con Buda, lo opuesto a la paz es el sufrimiento.

Conectado con la audiencia vía Zoom desde Colombia, el monje  argumentó que la mente humana está influida por una serie de emociones negativas (odio, codicia, arrogancia, orgullo y rigidez de pensamiento) que llevan a mirar por encima del otro, causar aflicción y contribuir al malestar social.

«Lo más horroroso del conflicto es la deshumanización del otro. Cuando dejamos de verlo como un ser humano lo convertimos en enemigo, haciendo que la violencia contra la otra persona parezca aceptable”, aseveró el budista, refiriéndose al pensamiento del economista y jesuita colombiano Francisco de Roux.

Enfatizó Quintero sobre otro elemento que hoy incide en el desarrollo de conflictos, asociado al poder de las redes sociales: los bulos informativos o noticias falsas. “Repetimos supuestas verdades y buscamos imponer nuestras ideas para que otros piensen igual. Eso es una forma de violencia”.

paz

Para frenar este o cualquier tipo de violencia, Quintero insistió en que cada persona debe tomar conciencia de que no es un ser aislado, sino que forma parte de un océano entero, de una humanidad interconectada en la que el diálogo va más allá de hablar con el otro.

«La reconciliación solo es posible cuando despertamos al hecho de que herir al otro es, literalmente, herirnos a nosotros mismos. (…) El diálogo no es convencer, es leer un libro nuevo en la otra persona”, reflexionó. 

Desde su visión espiritual, recomendó hacer prácticas zazen (meditación budista) para transformar las tendencias inconscientes y los hábitos de odio en acciones conscientes.

También apuntó cuatro acciones clave para llevar la paz a la vida cotidiana:

En primer lugar, ser generosos: “desplazar la atención del ‘yo’ hacia los demás”; hablar con la verdad cuando sea oportuno e interesante para el otro; realizar acciones bondadosas: “entender que ella es contagiosa, el testigo de un acto bondadoso sana igual que el protagonista”,  y finalmente valorar la expresión única de cada ser: “no medir a todos con la misma vara”.

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La paz no es un acuerdo, es una transformación personal

Para ambos ponentes, alcanzar una reconciliación real requiere de un cambio de paradigma sobre el concepto de justicia.

Particularmente, el jesuita Eduardo Soto advirtió que no se trata solo de aplicar la ley de forma retributiva, sino de diseñar procesos donde nadie pierda y todos ganen.

“Existe una justicia sanadora donde, aunque una persona no vaya a la cárcel, desarrolla actividades que la ayudan a cambiar y ser un mejor ser humano. Es la paradoja entre justicia y misericordia”, explicó el abogado, quien subrayó que la reconciliación es siempre una obra de justicia discernida por la comunidad.

Por su parte, Quintero coincidió en que el perdón no es impunidad ni validación del daño, sino un mecanismo de liberación personal.

Para el maestro zen, perdonar implica abandonar la sed de venganza para permitir una justicia restaurativa que incluya a todos los actores del conflicto.

“La reconciliación y la paz no son acuerdos en un papel, sino la transformación viva de nuestra manera de relacionarnos; ya no desde las creencias rígidas, sino desde el corazón”, sentenció.

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Los ponentes concluyeron el foro con un llamado a la «paz tridimensional»: con uno mismo, con los demás y con la naturaleza.

Sobre esto, el padre Eduardo Soto recalcó que la crisis social no es independiente de la degradación ambiental y que un estilo de vida coherente con la paz debe rechazar el extractivismo y el egoísmo. Además, recordó que la paz es un proceso colectivo y nunca aislado.

“La paz social comienza cuando nos tratamos con respeto a pesar de las diferencias. No la busquemos afuera, seamos paz nosotros mismos para que podamos crecer juntos. Cada uno tiene que hacer su propio compromiso: cómo estoy yo con el ambiente y cómo estoy con el otro, porque somos hermanos medularmente por ADN”, concluyó el jesuita.

♦Texto: Grace Lafontant León/Fotos: Manuel Sardá


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