A 107 años del fallecimiento del primer santo venezolano, el presbítero e historiador repasa el persistente anhelo de consagración monacal del «médico de los pobres» y cómo las limitaciones físicas lo llevaron a entender que su camino era servir a Dios desde el trabajo con los más necesitados

El 8 de mayo del 2020, en plena cuarentena, El Ucabista informaba acerca de un foro virtual, promovido por la Dirección de Egresados, cuyo tema de conversación había versado sobre la figura y la importancia del doctor José Gregorio Hernández. El profesor Rafael Arráiz Lucca comentaba entonces que el «venerable» había tenido a lo largo de su vida varias facetas y señalaba como ejemplo el ser el amigo de los pobres y su deseo de ser monje.

Por otra parte, la obra Se llamaba José Gregorio, del padre Francisco Javier Duplás, S.J., en el capítulo 15, ilustra las consecuencias prácticas que el deseo del monasterio dejó en el ánimo del doctor y dice:

«La vida del doctor José Gregorio Hernández es casi la de un monje,  aunque sólo lo saben los que viven cerca de él. Se levanta cada día muy temprano, asiste a misa con frecuencia en la iglesia de Las Mercedes, trabaja toda la jornada en las visitas médicas y en las clases, se recoge temprano a su casa, hacia las 8 de la noche, y en su cuarto se dedica a orar y leer, alumbrado por una lámpara de kerosene». (1)

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¿Por qué la medicina y el servicio laico no eran suficientes para JGH?

Lo cierto es que, cuando el anhelo de pertenecer de manera más radical a Dios Padre crecía en el espíritu del doctor, su mente le indicó el camino que, en aquel tiempo, se consideraba el mejor y más pleno: ser religioso o sacerdote. A sus ojos, la medicina y el servicio de los pobres no eran suficientes.

A lo largo de la historia de la Iglesia, el ministerio ordenado y la vida monacal fueron adquiriendo un relieve particular, cada vez mayor, a causa de la particularidad que representaban. A modo de ejemplo, traigamos a colación dos hechos.

El primero, en los documentos del Concilio Vaticano Segundo, el texto dedicado a la vida religiosa lleva por título “Perfectae caritatis”. Es decir, aquellos hermanos y hermanas que optan por ese modo de vida han sido llamados a la caridad perfecta. Mientras que los sacerdotes, en general, no gozarían de la misma calidad evangélica.

De hecho, el documento conciliar para el ministerio de los clérigos diocesanos lleva por nombre “Presbiterorum ordinis”. Es decir, “el orden de los presbíteros” sin ninguna calificación virtuosa. En definitiva, los padres conciliares y su enseñanza se hacían eco de un modo de pensar que tenía ya siglos de existencia. Las cosas cambiarían.

El segundo hecho tuvo lugar cuando yo era estudiante en el seminario Santa Rosa de Lima. En una charla con el padre espiritual del seminario, él nos dijo que nosotros seríamos “más perfectos” que nuestros padres gracias a la ordenación sacramental que recibiríamos. Con sólo 18 o 19 años, aquello resonó dentro de mí como un juicio que podría no ser totalmente cierto. ¿Por qué mis padres debían ser imperfectos en la fe?

Ser monje para lograr «la santidad en grado heroico»

En medio de este ambiente general se comprende que José Gregorio haya querido, en un momento determinado de su vida, abandonarlo todo por ir a La Cartuja del Espíritu Santo de Farneta, monasterio ubicado en la Toscana, Italia. La vocación monacal se presentó ante el doctor de los pobres como la plenitud de su vida. Ahora bien, una vez que falle el intento de ser monje, aparecerá ante él la posibilidad de ser sacerdote secular.

La curiosidad nos mueve a preguntarnos: ¿por qué un hombre de 43 años, a quien le va bien como docente e investigador, tanto  en la UCV como en la práctica de la profesión, decide innovar en su modo de vivir? En palabras simples, él estaba seguro, como lo estaban todos, de que la vida monacal o la vida presbiteral (como segunda opción) eran más perfectas que la opción laical.

En una carta, fechada el 7 de octubre de 1912 y dirigida a Santos Aníbal Dominici Otero, el doctor comentaba:

«Tú recuerdas que siempre he tenido el amor del convento. Con los años y a proporción que estudiaba la Iglesia en su dogma, en su moral y en su historia incomparable, aquel amor incipiente se desarrollaba como un árbol gigantesco y venía a orientar toda mi vida. Formé entonces el proyecto de entrar en La Cartuja, que de todas las órdenes religiosas era la que me parecía más adecuada a mi espíritu, un tanto contemplativo y amigo de la soledad. Y así lo hice; me desprendí de mi familia y le dije adiós a nuestra querida patria y me dirigí ganoso a aquel lugar de penitencia y oración. Lo que en La Cartuja encontré supera toda descripción. Vi allí la santidad en grado heroico y te puedo asegurar que una vez visto ese espectáculo lo demás de la tierra se vuelve lodo».(2)

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Las limitaciones físicas de JGH y la «amabilidad de la Providencia»

El 6 de junio de 1908, José Gregorio zarpa en un buque francés desde La Guaira rumbo a La Cartuja. El 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, después de 40 días de viaje, el doctor se encontraba ya en su destino.

Sin embargo, después de 9 meses en el monasterio, José Gregorio debe abandonarlo. De acuerdo con la opinión del superior del mismo no tiene vocación para la vida contemplativa. La fragilidad de su contextura física así lo demuestra. Llegado a este punto, el médico de los pobres acepta el funesto desenlace y se ve obligado a abandonar sus sueños de perfección (“Vi allí la santidad en grado heroico”). Sin embargo, no duda de la amabilidad de la Providencia divina.

Al leer las cartas de san José Gregorio Hernández caemos en la cuenta de que, durante 7 años, el doctor no abandonó su sueño de una consagración total a Dios Padre como se entendía entonces. La situación se volvió pesada para él, que aún no comprendía que el Cielo quería otra cosa. Finalmente, las limitaciones de salud y la iluminación divina le convencieron de que su camino de perfección era ser laico y trabajar con los pobres para gloria de Dios.

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(1)  Francisco Javier Duplá. Se llamaba José Gregorio Hernández (Caracas, 2020)  98.

(2) Fermín Velez Boza [compilador]. Obras completas de José Gregorio Hernández (Caracas, 1968) 1195.

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*El presbítero Carlos Rodríguez Souquet es profesor investigador del Instituto de Investigaciones Históricas (IIH) de la UCAB.

**Las imágenes del artículo fueron generadas con Gemini


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