Los que no volvieron

Los que no volvieron

Marielba Núñez

Una de las peores secuelas de la crisis económica que está asfixiando los hogares venezolanos es la deserción estudiantil. Innumerables familias, a las que se ha hecho imposible costear los gastos que supone enviar a los hijos a la escuela, tanto en alimentación como en transporte, ropa o útiles, se han visto obligadas a dejarlos en casa o los emplean en labores que de alguna manera puedan contribuir a la subsistencia, como desempeñar trabajos informales o hacer largas colas para comprar productos de primera necesidad.

Todavía no hay cifras oficiales que den cuenta de cuál ha sido el impacto que esta situación ha tenido sobre la matrícula escolar, pero algunos datos aportados por las regiones son un indicador que puede ayudar a quitar el velo de desinformación que hay al respecto. El estado Miranda, por ejemplo, a partir de una encuesta que realizó en 200 instituciones educativas, reportó una caída de 9% en el número de estudiantes que se inscribieron para cursar el período 2016-2017, lo que quiere decir que más de 11.000 alumnos no prosiguieron con sus estudios.

Como advierte el Secretario para el Progreso Educativo de esa entidad, Juan Maragall, en una nota publicada en el portal web de la gobernación, se trata de un indicio de un escenario nada alentador, pues, si se proyecta esa cifra a todo el país, se traduciría en medio millón de estudiantes que por distintos motivos no se reincorporaron a las aulas.

La Federación Venezolana de Maestros ha alertado también sobre otro fenómeno: un importante número de escolares no renovó su inscripción en colegios privados, presumiblemente porque sus padres no cuentan con recursos para pagar la inscripción y las mensualidades. En el estado Carabobo, según declaró la FMV para el periódico El Carabobeño, esa cifra se sitúa en cerca de 50.000 estudiantes. Esta población queda en una suerte de limbo, sin que se sepa muy bien cuál fue su destino, pues las instituciones públicas no tienen capacidad para absorber esa nueva demanda. En la desbandada que deja a su paso pupitres vacíos hay que incluir además a los pequeños que han emigrado junto con sus familias, que también constituyen un grupo invisible del que poco se sabe y nunca se habla.

La Encuesta Condiciones de Vida del año 2015 ya alertaba que cerca de un millón de niños, niñas y adolescentes permanecían fuera del sistema escolar, lo que constituye un número devastador. Con este paisaje de penurias que ha obligado a tantos a alejarse de las escuelas es fácilmente previsible que ese número aumente, lo que constituye una catástrofe pues cada niño que deja el aula es una batalla perdida. Mientras tanto, desde el Ejecutivo sólo llegan mensajes que celebran los logros alcanzados con programas de masificación de la década pasada que, puestos a pruebas por las condiciones actuales, sólo están mostrando su fragilidad.