Buscar primero el reino de la justicia

Buscar primero el reino de la justicia

“De la UCAB al país que queremos”. Así tituló el rector su alocución con motivo de la apertura del nuevo año académico. En el mismo acto, el cardenal Jorge Urosa Savino lo juramentó en su cargo por otros cuatro años

Hoy quiero dedicar este tiempo a proponerles un rumbo y un camino para estos próximos años. Son reflexiones que he madurado a lo largo de la experiencia que me han brindado estos últimos años. Es el resultado de muchas discusiones con los diferentes equipos que animan y conducen la universidad, y del análisis de lo que ocurre en el país y en nuestra región latinoamericana; está imbuido también de lo que nos pide la Iglesia a la cual servimos desde nuestra identidad ignaciana.

El país en el que vivimos está sufriendo mucho. Todos los venezolanos estamos sufriendo los efectos de una violencia que crece como una pandemia y se extiende desde las relaciones sociales más básicas hasta las más complejas como la vida política. Sufrimos los efectos de una dinámica perversa de empobrecimiento que arruina cualquier aspiración de bienestar y estabilidad personal, familiar y comunitaria. Nuestras ciudades se arruinan, las instituciones se deterioran, la convivencia cotidiana se transforma en desconfianza y miedo, la diatriba política nos cansa porque nos parece que no nos conduce a ninguna parte y nos sumerge en un marasmo sin salida.

LA INCERTIDUMBRE Y EL ÉXODO
Todo ello se traduce en incertidumbre, pesimismo y desesperanza. Un signo de este sentimiento es lo que está ocurriendo con la emigración de nuestros jóvenes. La UCAB realizó una ENCUESTA NACIONAL DE JUVENTUD entre los meses de julio-septiembre de 2013. En el estudio se evidencia que 27% está predispuesto a emigrar del país. Esta expectativa está presente en todos los sectores sociales, sin embargo es mayor en la medida en que se avanza en los estratos socioeconómicos.

Según este estudio, la gran mayoría con deseo de emigrar se ubica entre 20 y 29 años y la razón principal es mejorar socioeconómicamente. Es decir, los jóvenes quieren emigrar fundamentalmente para encontrar las oportunidades de trabajo e ingreso que no encuentran en su país.

Vivimos un drama. Exportamos recursos humanos, jóvenes capacitados en el país que pondrán su talento al servicio de otros países que no invirtieron en ellos. Nuestra migración es atípica con respecto a otras naciones de América Latina. Expulsamos a gente con alto potencial para el desarrollo del país. Seguro que quienes, con sus gríngolas ideológicas, leen estos datos, argumentarán que no hay por qué preocuparse, pues quienes se van son los burgueses que no encuentran lugar en la revolución. A estos les digo: sólo las más crueles dictaduras expulsan hacia el exterior a su gente más formada, perdiendo talento e inversión interna. Y son los pobres quienes más lo lamentan, pues les están quitando sus potenciales aliados para salir de la pobreza.

Pero preguntémonos qué hay de fondo en el drama venezolano. Uno puede aproximarse a dar una respuesta desde el punto de visto de la ciencia social. Y sin duda desde esta universidad hemos tratado de ofrecerla y la seguiremos ofreciendo a toda la sociedad. Es decir, desde la perspectiva del análisis riguroso, de la metodología del estudio de nuestra realidad fenoménica que ofrecen la economía, la sociología, la demografía, las ciencia política, etc.

Pero se impone una lectura que trate de ir más allá del dato empírico y de sus conexiones. Qué ocurre en el alma de la sociedad venezolana, en el espíritu del tiempo, en lo que Hegel llamaba el espíritu subjetivo, en la conciencia de sí mismo y de su contexto.

LA ANOMIA Y LAS PERSPECTIVAS
El problema más de fondo que atraviesa la sociedad venezolana es lo que la sociología clásica denomina como anomia. Aquella situación en la cual los vínculos sociales se debilitan y la sociedad pierde su fuerza para integrar y regular adecuadamente a las personas que hacen vida en ella. Este fenómeno ha avanzado dramáticamente en Venezuela y se deja sentir en muchas formas. Actualmente, en Venezuela, el concepto “sociedad” no pasa de ser un significante vacío; o un simple recurso retórico.

¿Por qué nos hemos venido desintegrando como sociedad hasta llegar a la situación actual en donde impera la violencia abierta y desnuda entre grupos con intereses propios al margen de cualquier visión de globalidad? No me queda duda al afirmar que la causa fundamental está en que se ha destruido la capacidad de vivir políticamente como polis, como res-pública, como comunidad ordenada al bien común. Sin política, la sociedad humana no puede constituirse. Allí donde no hay política solo impera la violencia; allí donde hay violencia solo triunfa la muerte.

También en la raíz de nuestra anomia social y política se juega una fuerte crisis cultural. Aspiramos a disfrutar de las bondades de una sociedad institucional y funcionalmente moderna, pero no estamos dispuestos asumir los costos que ello supone. Queremos disfrutar de los niveles de consumo y bienestar que admiramos en otros países pero no estamos dispuestos asumir los esfuerzos en trabajo, disciplina y orden que eso supone. Aspiramos a la estabilidad y seguridad que apreciamos en otros países pero bien poco que hacemos como Estado y sociedad para asumir colectivamente unas reglas de juego que así lo hagan posible.

Veamos todavía más a fondo. Queremos una sociedad institucional, política y económicamente moderna pero no hemos resuelto las condiciones básicas de la sobrevivencia, por las cuales miles y miles de hombres y mujeres tienen como objetivo fundamental sobrevivir, conseguir el pan de cada día, un techo donde dormir, un calmante para el dolor de la enfermedad…

Queremos una sociedad moderna, pero ¿hasta dónde hemos sido capaces de evidenciar que las promesas de bienestar que la modernidad trae consigo son posibles para todos y no para un grupito de privilegiados?

En Venezuela padecemos una crisis de horizontes, de perspectivas, de norte. Construir ese horizonte es la meta para salir de nuestras crisis cíclicas. Y la construcción de horizontes supone tiempo, esfuerzo, debate público, aporte intelectual y especialmente mucho contacto con nuestro pueblo que sufre y espera. Contacto solidario, comprensivo y paciente, que sea capaz de emprender un diálogo real en la casa del pueblo, en contacto directo, sin prejuicios. Un contacto que asuma las diferencias culturales y perspectivas distintas, que trascienda toda barrera que impida comprendernos como un solo pueblo.

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