Amar y servir supone vocación, empatía y reflexión. Así lo sostiene el provincial jesuita en Venezuela, Alfredo Infante, S.J., quien propone algunos criterios para apoyar a otros en situaciones de emergencia, a partir del pensamiento de San Ignacio de Loyola

“La sabiduría práctica de San Ignacio de Loyola ofrece criterios para la toma de decisiones y el ordenamiento de esfuerzos en escenarios de catástrofe”, asegura Alfredo Infante, S.J., quien es provincial de la Compañía de Jesús en Venezuela  desde 2023.

En el contexto posterior al doble sismo que afectó Venezuela, el sacerdote y activista de derechos humanos plantea la necesidad de articular la respuesta inmediata con “un proceso de reconstrucción de largo aliento”, fundamentado en la preparación técnica, la gestión emocional y la vocación de servicio que engloba el magis ignaciano de «en todo amar y servir».

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La escucha empática: acompañando en el dolor sin enjuiciar

En el área del acompañamiento humano y espiritual, Infante establece que la prioridad debe consistir en la recepción atenta de los testimonios de los afectados.  

«Los procesos de acompañamiento se inician a partir de la escucha empática. La escucha es fundamental en estos momentos en el que se vive una tragedia que ha tocado el corazón y que ha impactado internamente a todos. Cada corazón lo siente de distintas maneras, porque cada persona lo vive de acuerdo a sus niveles de afectación y de acuerdo a su historia. Entonces, lo primero en un proceso de acompañamiento es la escucha empática».

El segundo principio del pensamiento de San Ignacio al que alude el sacerdote en la contención es el apoyo sin emitir juicios de valor. «Hay que aprender a darle nombre a lo que vamos sintiendo. Cada persona lo vive de una manera distinta. Uno siente incertidumbre, otro un profundo dolor, otro un profundo miedo. Algunos sienten depresión, dudas, rabia, indignación también ante gente que se aprovecha de la tragedia. Entonces el principio ignaciano es acompañar y escuchar sin enjuiciar».

Si el apoyo es espiritual, el provincial jesuita menciona la importancia de facilitar la expresión directa de los estados de ánimo en conexión con Dios. «Si se hace el acompañamiento desde la fe, hay que saber que podemos abrir el corazón y gritarle a Dios de corazón a corazón ‘tengo miedo, tengo rabia, me siento así’, decirle todo lo que vamos sintiendo, ese volcán de cosas que llevamos dentro. Todo eso es oración».

Recuerda Infante que «para San Ignacio, los procesos interiores son múltiples; no hay recetas», por lo que pide acercarse a quien ha sufrido una tragedia a través de la mirada de  «la compasión».

“No debemos invalidar el dolor del otro, sino entender que el dolor y el sufrimiento en estos casos inspira un profundo respeto. Y en ese sentido viene lo que los ignacianos llamamos la compasión, que es dolerme con el dolor del otro, o sea, empatizar con ese dolor porque la empatía en el dolor se convierte también en una fuerza”, sostiene.

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Efectividad y alcance del servicio: de la capacidad técnica a la discreta caridad

El provincial jesuita en Venezuela parte de la máxima de San Ignacio de Loyola de que «el bien hay que hacerlo bien».Por eso habla sobre la necesidad de respaldar las intenciones de ayuda con competencias técnicas. 

«La buena voluntad sola no basta, hay que tener clara las competencias y habilidades con las que se cuenta para amar y servir. Una buena voluntad desordenada y sin las competencias requeridas para una determinada misión es necedad y, en vez de ayudar al fin que se quiere, se convierte en una carga».

De igual forma, llama a la «discreta caridad», otro de los principios de Ignacio de Loyola,  como elemento aplicado a la acción social. 

«La caridad es amor, es un  impulso por el bien. La discreción significa discernimiento. Entonces, San Ignacio lo que dice es que en los seres humanos, ante situaciones como la que estamos viviendo, el impulso por el bien, el impulso del amor, que es un impulso sublime, creativo y constructivo, si nosotros no lo pasamos por la inteligencia, es decir, si no lo discernimos, nos puede desordenar».

Infante complementa este aspecto advirtiendo sobre las consecuencias de ejecutar acciones de auxilio sin evaluación previa.  «Hay que discernir cómo voy a hacer el bien. Como dice el dicho, de buenas intenciones está lleno el camino del infierno. Es decir, muchas veces, por hacer el bien sin pasarlo por la inteligencia, podemos hacer el bien torpemente y, en vez de hacer bien las cosas, hacemos daño o no logramos el mayor impacto».

En este sentido, el sacerdote llama a no trabajar solo y a procurar la articulación en red para lograr mejores resultados.

«No es lo mismo que yo vaya a un colegio y haga el bien repartiendo unos cuadernos para que los niños estudien a que yo vaya con esos mismos cuadernos, pero ubique a una coordinadora  y junto a ella se prepare una respuesta educativa de emergencia. Hay que ver cómo lo que hacemos tiene siempre un mayor impacto, que beneficia e impacta positivamente a más gente».

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En tiempos de desolación, «estar firme y constante en los buenos propósitos»

“La sanación no es de la noche a la mañana, es un proceso de largo aliento” , reflexiona el sacerdote jesuita al referirse a la reconstrucción individual y social que suponen situaciones trágicas como las registradas recientemente en Venezuela.

Precisamente por eso, Infante insta a la dosificación de los esfuerzos en el trabajo de asistencia y acompañamiento.

«Si bien en un primer momento el impulso por el bien nos lleva a dar todo lo mejor de nosotros, también tenemos que reconocer que nuestras energías son limitadas y que tenemos que trabajar en equipo y acompañarnos unos con otros. Yo sí les recuerdo a los jóvenes que también tienen que aprender a disciplinar el tiempo para no quemarse, porque en este tipo de situaciones es importante saber administrar las energías personales para que tengan un mayor modo de orden y un mayor impacto positivo en el trabajo que vayamos haciendo».

El vicecanciller de la UCAB cierra su reflexión con una cita de San Ignacio de Loyola que invita a no tomar decisiones precipitadas en medio del dolor y que pide templanza para seguir adelante: «En tiempos de desolación, nunca hacer mudanza, sino estar firme y constante en los buenos propósitos», remarca.

♦Texto: Juan Sánchez/Fotos: Carlos Miliani (apertura) y Manuel Sardá (retratos Alfredo Infante, S.J.)


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