Hannah Arendt, Facundo Cabral, mi papá y mi tío

Hannah Arendt, Facundo Cabral, mi papá y mi tío

Manuel Llorens

Para Juan y Pedro Llorens

 

En la última conversación larga que tuve con mi padre, unos días antes de su muerte, hablamos como siempre del país. Le comenté que estaba leyendo a Hannah Arendt y le recomendé una película reciente sobre su vida. Él se acordó de la película de 1961, Los juicios de Nüremberg, con Spencer Tracy, Burt Lancaster, Marlene Dietrich  y —quizás la presencia más curiosa— William Shatner, quien luego sería el capitán de Star Trek.

Más allá de la tesis conocida de Arendt sobre la banalidad del mal, el texto de “Eichmann en Jerusalén” tiene una lucidez psicológica que vale la pena revisitar: el testimonio del funcionario nazi que giraba entorno a sus triviales vivencias personales a la par de su olvido sistemático del marco histórico; su tendencia a voltear el rostro para no ver los cuerpos de los asesinados por su eficacia de oficinista; su simpleza al argumentar solo estar cumpliendo con su deber y el uso de clichés repetidos para argumentar. Arendt escribe: «A pesar de los esfuerzos de los acusadores, todos pudimos ver que este hombre no era un ‘monstruo’, pero sí fue muy difícil no pensar que era un payaso.» La atrocidad que  subyace a la medianía de los personajes tibios que esconden su responsabilidad histórica detrás de frases hechas y la excusa de no estar demasiados enterados. El horror que implica, no la intención del psicópata, sino la fofa presencia del mediocre.

“No hay cosa más peligrosa que un pendejo con iniciativa”, sentenciaba mi padre como tratando de resumir el país en una frase. Lo decía sin altivez, más bien con resignación.

Del país, Nüremberg, Star Trek y Arendt pasamos a recordar a Facundo Cabral quien, en un concierto, comentó que a su padre solo le atemorizaba una cosa: los pendejos. Cuando le preguntó por qué, le contestó: “es que son muchos, es un frente imposible de cubrir”.

La mediocridad nos ha ido consumiendo. La mediocridad instaurada en el cliché revolucionario, en fanatismo irreflexivo, en el juicio apresurado sobre los culpables, en la falta de rigor, de seriedad, de corrección. La mediocridad instalada en jueces puestos a dedo, en programas políticos reducidos a encuestas de opinión y fantasías populistas.

En eso pienso, mientras me despido de mi papá y mi tío Pedro, quienes se marcharon definitivamente en estos meses. Pedro, periodista de larga carrera en El Universal y El Nacional, y mi padre, profesor universitario, me enseñaron que la rigurosidad es crucial. Pero ambos la aderezaron con paseos deliciosos por el cine, la música, la amistad, la tertulia, la alegría de vivir. Su admiración por la excelencia fue sin solemnidad y sin pompa. Me transmitieron que el rigor no está reñido con la generosidad, el humor y la sencillez. Amaron y se preocuparon profundamente por el país, dedicaron sus esfuerzos a desarrollarlo en cada uno de sus ámbitos, sin dejar que el horror circundante les hiciera olvidar el milagro del instante compartido.

En tiempos de mediocres, harán mucha falta.