Con fecha del 20 de agosto de 2018, tras conocerse el informe de abusos sexuales en Pensilvania, el Papa Francisco dirigió una carta a todos los católicos del mundo pidiendo perdón sobre los abusos sexuales cometidos por clérigos y exigiendo la implementación de la “tolerancia cero” en los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos*. A la vez critica el clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, ya que genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos (ver Anexo final).

Respondiendo a este llamado se han activado estrategias tanto académicas como pastorales para renovar a fondo la Iglesia con sínodos y programas específicos. Tras el Sínodo de la Amazonía, el Grupo Iberoamericano de Teología, organizó un Seminario Internacional de Teología en Caracas entre el 21 y 22 de noviembre pasado sobre “Reforma de estructuras y conversión de mentalidades en la Iglesia de hoy.   A propósito de la Conferencia de Carlos Schickendantz sobre la reforma de la Iglesia y la crisis del clericalismo, en la que recomienda poner a disposición de los fieles los resultados de los estudios para elevar la calidad del diálogo público, les resumo las lacras que, a mi juicio, distorsionan las comunicaciones internas y externas del Pueblo de Dios.

Quiero destacar específicamente aquellos mecanismos de perversión en las comunicaciones internas y externas, arraigados en nuestra Iglesia Católica, con el propósito de responder a una demanda de los teólogos y de los fieles comunes.

Las lacras son las huellas o señales de una enfermedad viral en las relaciones mutuas, que sociológicamente trataremos como conductas disfuncionales de comunicación del aparato eclesial.

  1. Estigmatizar las conductas sexuales de los laicos, contraponiéndolas a la supuesta castidad angelical de los clérigos, y tratarlos como menores de edad.

  2. Descalificar toda denuncia que proviene de los periodistas, porque los medios no son confiables, y aun a los periodistas de investigación, pues no merecen ningún crédito por no ser competentes en teología.

  3. Censurar informaciones veraces sobre conductas de los clérigos con consecuencias públicas, argumentando que los “trapos sucios se lavan dentro de la casa”.

  • Atribuir a campañas anticatólicas y anticlericales cualquier información o denuncia de las víctimas sin escucharlas debidamente.

  1. Responder defensivamente las alegaciones de las víctimas, desacreditándolas con el juicio de que se deben meramente a intereses crematísticos.

  2. Silenciar intra-eclesialmente cualquier debate sobre temas concernientes al mundo de la sexualidad, sobre todo del clero, privatizando la discusión de los problemas a los recintos de las autoridades y jerarquías eclesiásticas, evadiendo la justicia civil.

  3. Mantener una ley del silencio y una solidaridad mecánica en relación con las autoridades clericales y sus comportamientos por miedo a represalias.

  4. Justificar las faltas de los clérigos, atenuando la culpabilidad y las responsabilidades con explicaciones sobre excepcionalidades psicopáticas.

  5. Exculpar a las jerarquías o figuras de gran reputación en el pasado, cuando se descubren posteriormente sus deslices.

  6. Minusvalorar el impacto de los escándalos públicos en la baja de la reputación del clero y en la reducción de la confiabilidad de las autoridades eclesiásticas, como si se tratara de oleadas fugaces de opinión pública.

 

Para una narrativa de los procesos que se han dado en la Iglesia para desvelar y afrontar el tema de los abusos sexuales, pueden leer el ensayo de Jesús María Aguirre: “El ocaso de la cultura clerical”, publicado en la revista  SIC DIGITAL, disponible en el siguiente enlace: http://revistasic.gumilla.org/2019/el-ocaso-de-la-cultura-clerical-i/ 

♦Texto: Jesús María Aguirre s.j. Profesor UCAB e investigador del Centro Gumilla/Fotos:  https://freepik.es