Lejos de la promesa de progreso, muchos escritores del siglo pasado documentaron el auge de la explotación de los hidrocarburos como generadora de violencia, caos y extranjería. Así lo afirmó la profesora Florence Montero en la Lección Inaugural 2026-2027 de Letras UCAB. La investigadora recorrió obras fundamentales que retrataron la decepción del país rural e invitó a revisarlas, a la luz de la reactivación petrolera actual, para construir perspectivas críticas sobre el porvenir

A comienzos del siglo XX, el petróleo irrumpió para siempre en la cotidianidad del venezolano, cobrando cada vez más presencia y relevancia en zonas anteriormente dedicadas a la agricultura y ganadería, y dando paso progresivo a la transformación de un país profundamente rural a uno urbano. Desde la literatura, sin embargo, la visión sobre los efectos sociales de la explotación de los hidrocarburos no fue muy optimista.

“Es la criollización del deterioro; siempre hay la presencia de un mundo degradado y es uno de los aspectos esenciales que nos vamos a ir encontrando en estas obras”, expuso Florence Montero, directora de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela,  invitada por Letras UCAB para dictar la Lección Inaugural de su año académico 2026-2027.

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Algunos autores del «desencanto petrolero»

Titulada “Quimera, delirio y desencanto: representaciones de la explotación petrolera en las letras venezolanas”, la clase magistral de la investigadora y magíster en Literatura Latinoamericana ofreció un recorrido por escritores como Ramón Díaz Sánchez, autor de Mene (1936) o Caminos del amanecer (1941), y Miguel Otero Silva, quien escribió Casas Muertas (1955) y Oficina N.°1 (1961).

También abordó la obra del dramaturgo César Rengifo, quien entre 1951 y 1969 escribió textos teatrales como Las mariposas de la oscuridad, El vendaval amarillo, El raudal de los muertos cansados y Las torres y el viento.

En la disertación, Montero dejó claro que, más que indagar en el mundo íntimo de los personajes, los textos literarios asociados a esta temática sugieren la relación existente entre ellos y el universo sociocultural que les rodea. 

“Justamente, lo que hace la literatura es mostrar estas imágenes que nos hacen comprender qué es lo que está pasando en diferentes momentos de la actividad petrolera: olvido, dolor, pérdida”, apuntó.

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Caos, extranjería y el despojo del suelo

Según Montero, la literatura nacional de mediados del siglo pasado reflejó que el capital extranjero que llegó para explotar los campos petroleros operó como un «catalizador de desorden social« que trastocó la identidad del venezolano.

“La conmoción se expresa en el discurso a través de imágenes que logran crear una atmósfera de violencia y desorden”, señaló la docente sobre lo planteado por Díaz Sánchez en su novela Mene. 

En esa obra, dijo, se describe cómo la llegada de las maquinarias convirtió la geografía agrícola en una “aclimatación del infierno”, donde los antiguos campesinos terminaron despojados de su suelo.

Esta dinámica de desarraigo -planteada también en la obra de César Rengifo Las Mariposas de la oscuridad– no solo destruyó el modelo productivo tradicional, sino que cortó la noción de pertenencia y «transformó a los pobladores en migrantes dentro de su propia patria».

“Vemos entonces la presencia de alguien que se siente un extraño en su propio lugar (…) Los pueblos se muestran como zonas tomadas, invadidas agresivamente por el extranjero, desplazadas de su espacio propio al convertirse en lugares inciertos, ajenos a sus antiguos habitantes”, agregó.

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Optimismo, pesimismo y la necesaria relectura actual

Florence Montero señaló que en las dos obras de Miguel Otero Silva también se exponen los contrastes del petróleo en el sentimiento venezolano: por un lado está Casas Muertas, «una de las pocas novelas donde el proceso se muestra con optimismo», pues la promesa de la modernidad empuja a la protagonista a dejar atrás Ortiz, el pueblo que se vació ante las oportunidades que, en otro lugar del país, ofrece el oro negro:

«Salir de las casas muertas al oriente trae más optimismo: nuevas posibilidades económicas, situaciones, inclusive relaciones sentimentales», apuntó.

Por el otro, Oficina N.° 1, secuela de la anterior, que presenta una mirada más crítica y agridulce del choque entre la ilusión de riqueza y progreso y la realidad, que, al igual que los textos de Rengifo y Díaz Sánchez, derivó “en el desencanto, en la frustración, en una dolorosa realidad que ocupa en el sentimiento de la pérdida en una época destructiva irreversible”.

Precisamente frente a la actual reactivación petrolera del país, la profesora invitó a los estudiantes y a los lectores venezolanos a revisar y “repensar” todos estos textos«para reflexionar sobre el porvenir» y construir perspectivas críticas frente a la realidad.

♦Texto: Grace Lafontant León/Fotos: María Fernanda González y Gemini (montaje libros)


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