El país del amor

El país del amor

Fedosy Santaella

Xerófilo, -la. (De xero– y –filo). 1. adj. Bot. Se dice de todas las plantas y asociaciones vegetales adaptadas a la vida en un medio seco.

Real Academia Española

¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿En qué nos están convirtiendo? ¿A qué viene todo este desierto «amoroso» y este acontecer xerófilo? Quiero pensar que detrás de tanto descalabro no hay más que ignorancia, mediocridad. «Quiero pensar», he dicho, y también «ignorancia», «mediocridad». No quiero, en cambio, asomarme a la idea de que todo se está haciendo con maldad y alevosía.

En la década de 1970, el antropólogo británico Colin Turnbull pasó dos años viviendo con los ik, una pequeña tribu en una remota región en Uganda. Las conclusiones a las que llegó son hoy día cuestionables, o eso he leído. No obstante, esta historia no deja de impresionarme, pues me resulta una narración ejemplar, una metáfora árida de nuestro árido país.

Turnbull llegó a la conclusión de que las cualidades básicas humanas, el amor como principal cualidad, eran simples lujos superficiales de los tiempos de la abundancia. Al parecer, años antes de la llegada del antropólogo, los ik habían vivido en un buen territorio donde habían tenido una tranquila vida de cazadores. No obstante, el Gobierno de Uganda (siempre habrá algún gobierno haciendo alguna estupidez) decidió desplazarlos un día, para formar en su territorio, el parque nacional Kidepo. Los ik, ya sin lugar en el mundo, migraron hacia las montañas vecinas, «que eran secas como los valles de la luna», según palabras de Ackerman, quien resume el descubrimiento de Turnball de este modo: «Después de tan solo tres generaciones de hambre y sequía, los ik se volvieron egoístas y mezquinos. Habían abandonado el amor, junto con las otras llamadas virtudes, porque no podían permitírselas». Las riñas por las sobras de la comida se volvieron constantes, sádicas y crueles. Reírse de la desdicha ajena se había vuelto costumbre. Agredir para quitar comida era parte del día a día y también causar la desgracia de otros. Uno de sus pasatiempos favoritos era mentir de un modo convincente.

Donde no hay abundancia, no hay amor. Así de sencillo.

Donde no hay abundancia, solo se piensa en sobrevivir.

Y si acaso a algo se le llama amor, ese amor se parecerá a este «amor» que nos fue legado.

Amor de tiempo de carestía.

Amor de lazarillos.

Amor de patanes.

Amor de egoístas (disculpen el oxímoron).

Amor que ve al otro que sale a la calle a protestar y de inmediato suelta: «Ahí está el odio de los apátridas que salieron a protestar».

Si la gente que sale a protestar es apátrida, ¿por qué sale a protestar? Se supone que el país no les interesa. En todo caso, si son burgueses, ¿por qué no se quedan viviendo la vida burguesa esa tan feliz que les mientan, en vez de andar arriesgándose a que le metan un tiro en la cabeza?

Y también me pregunto: ¿salir a protestar es odiar?

Y también me pregunto: ¿la gente de los barrios que casi todos los días tranca autopistas y calles, es burguesa, apátrida y traidora?

Y no voy a decir que no hay opositores que odian. El odio es libre, por supuesto.

Mire, yo tengo 45 años, y creo tener memoria, y creo que ser alguien que no se deja dominar por las máquinas de ondas de pensamiento que vienen desde el imperio, o cualquier otro delirio… Pero como le decía, yo tengo 45 años vividos en mi país (MI país), y durante estos 45 años, en serio, yo no he visto odios tan feos como los que nos trajo el Comandante Supremo. No los he visto. Lo siento, suelte usted, que está al otro lado de la acera, que ese odio estaba pero no se veía, suelte usted que ese odio no se veía porque ese odio, con sus estrategia de poder, le tenía el alma dormida al pueblo, y porque además estaba de los más ocupado matando (como si hoy día no mataran disidentes) y torturando en los calabozos a los luchadores del pueblo (como si hoy día no se torturara). Yo no sé, que yo recuerde, en mis 45 años, la gente no se había mirado tan feo.

Lo siento, amigo, ese amor suyo no es amor, y no lo quiero.

Hace poco vi una fotografía tomada por Juan Rulfo. Rulfo, además de escribir esa obra maestra que se llama Pedro Páramo, era fotógrafo, un excelente fotógrafo.

La foto, que se titula «Oaxaca», muestra una fila de cactus apostados en una zona, sin duda, árida. Al verla, pensé en el país. Ahí estamos, me dije, esos somos nosotros en la cola nuestra de cada día, en la cola en medio de este desierto de país que ahora tenemos, este país desértico, seco, de colas diarias de mercado bajo un magnífico cielo azul. Ahí estamos, callados, sembrados junto a nuestras tristes sombras. Ahí, estamos, eso somos, en eso nos hemos convertido. Vivimos, o apenas existimos en un país xerófilo, país donde la gente parece adaptarse cada vez más a la sequía, a la escasez del espíritu.

Vaya a la calle, y véanos haciendo cola. Somos los cactus del desierto, somos largas filas de cactus, los xerófilos de la revolución.

Y como todo cactus, nuestro cuerpo está lleno de espinas.

No te acerques, no me quites lo que es mío, este es mi espacio, estas son mis cosas, mis escasas pertenencias.

Muérete tú por tu lado.

Vete de aquí, vete de mi calle, de mi barrio, de mi urbanización, de mi ciudad, vete de mi país. Vete.

Somos los ik, somos lo xerófilos, llenos de un amor reseco, caliente, un amor de torbellinos que se nos metió en la cabeza, y nos incendió la vida. El llano en llamas, el país en llamas, y luego el desierto, este desierto que tenemos.

Me aterra pensar que todo esto sea a propósito y no producto de la mediocridad. Me aterra pensarlo, porque si es a propósito, no acabará pronto. Me aterra pensar que este amor xerófilo y violento perdure.

Algún día, cuando esto se acabe (si se acaba), tendremos que ponernos a reaprender lo que realmente es el amor.