El estudiante Daniel De Alba, cursante del segundo semestre de Comunicación Social de la UCAB, ofrece un sentido acercamiento a la vida de una religiosa dominicana que, desde su llegada a Venezuela, se convirtió en voz de paz y confianza en una de las comunidades de Villa del Rosario, estado Zulia, gracias a su vocación y su compromiso con el prójimo.

No hay tráfico en la vía principal hacia Villa del Rosario. Sus alrededores se componen de carencias. “Un país en freno de croche y retroceso”, dice el joven médico a mi lado. Le doy la razón, hasta ver en el camino un trozo de esperanza. Entre cementerios de fincas y árboles, el único verdor es un sembradío de cebollín vigilado por una vaca flaca y dos guardias armados. Esa es La Villa: un lugar en el Zulia donde el orden y la necesidad van juntos. Donde quien mueve las aguas es una mujer. Una religiosa. Y es más que suficiente.

En el barrio María Alejandra, Matilde se presenta con un fuerte apretón. No pedí fotos suyas, quería ser sorprendido. Su humanidad de 1.50 metros y color moreno nunca ha llevado habito. “Mira a Jesús: él no vestía así por ser judío, sino porque vivía en tiempos que lo ameritaban”; ella prefiere bordados florales y sandalias. El cabello ondulado y salpimentado lo recoge sin esmero. Tras sus gafas, le brillan los ojos al hablar de sus proyectos, como la Pastoral de la Primera Infancia, donde apoyada por expertos ofrece atención médica, nutricional y educativa a niños y jóvenes.

Le pregunto más sobre ella. Se ruboriza y muestra su amplia dentadura.

Matilde Polanco, de 51 años de edad, es la menor de 12 hermanos, la favorita de papá desde antes de seguir su vocación. “Soy santiagueña, con raíces de Puerto Plata”, aclara la hermana de la Congregación de las Hijas de Jesús (IHS), que estudió Teología y Educación en República Dominicana, su país natal. En 1995 entra en la Congregación con estatutos y procesos de formación similares a la Compañía de Jesús; llega a Venezuela en 2009, como hermana profesa de votos perpetuos, y para 2015 es nombrada madre superiora de la comunidad zuliana.

Nunca deja de formarse: a las 11, antes de irse la luz, con su cuenta @yahoo.es abre sesión en un curso virtual en el Boston College; claro, primero pregunta cómo ingresar al sistema, pues ya comenzó el primer módulo y teme retrasarse en las clases. Este miedo confesó sentirlo con fuerza y por primera vez en suelo criollo, hace un año en pleno apagón. Visiones de desayunos infantiles pudriéndose en un camión y saqueos a los negocios rojos de la Villa ya dejaron de visitar su comedor.

Hoy trae a la mesa dulces recuerdos: desde las comuniones decembrinas en el barrio, hasta  la hermana Maricarmen, su precursora, que viajó a conocer las etnias de Bolivia. Hoy es Matilde quien entona la voz, en el servicio matutino o en la asamblea de las cuatro en el bohío. Es eco en los oídos de los vecinos, y en especial de las vecinas. Sentados o de pie contra la reja de alambre, nadie espabila; ni en la tarde cuando dirige una lluvia de ideas ante la falta de agua, ni por la noche durante una partida de ludo. Descarta la propuesta del pozo subterráneo con la misma seguridad que mueve su ficha 20 pasos.

Hace rato que no juega con sus hermanas. Muchas se han ido por temas de visado, edad o malestares; sin embargo, afirma no sentirse sola. “Cuando me dicen eso, les respondo ‘¿Yo sola? Nunca. La gente no me deja estarlo y Jesús siempre está conmigo. Imposible estar sola’”. Al verse muy aturdida o cansada, le basta ir al cuarto a la derecha del baño: la colorida capilla, donde te recibe un Aniya Maléiwa, rúbrica en wayuunaiki para “Aquí está Dios”, y curiosamente el rincón en la casa con mejor señal de Wi-Fi.

Riéndose sin pudor, Matilde confiesa quedarse allí el tiempo necesario para decir en su diluido acento: “Bueno, mira a ver lo que tú haces”. No puede estarse quieta. Afuera, “trabajo hay de sobra”.

♦Texto: Daniel De Alba. Estudiante del 2do. semestre de Comunicación Social y participante de PAZando 2020/ Foto: Dirección de Identidad y Misión UCAB


PAZando es un programa de inserción social estudiantil, promovido por la Dirección de identidad y misión de la UCAB, a través del cual, cada año, los participantes viajan a distintas comunidades rurales del país, con el fin de conocer la realidad que viven sus habitantes, intercambiar experiencias y ofrecer apoyo y atención desde su área de competencia, todo como parte de la misión de la universidad de formar profesionales solidarios y comprometidos con los sectores vulnerables.

Esta crónica forma parte de una serie que busca dejar testimonio de cómo la experiencia de PAZando cambia la vida de los estudiantes que en se involucran en este proyecto.

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