En este texto, Daivelis Briceño, estudiante de Comunicación Social, narra su viaje a la Escuela Técnica San Ignacio del Masparro, en el estado Barinas, así como las rutinas en las que se adentró, junto con sus compañeros, en la experiencia de inserción rural que vivió en el llano

El 11 de marzo vimos salir el sol y con él, la oportunidad de que 16 jóvenes estudiantes pudiesen adentrarse al corazón del país. 5:40 a.m. Guardamos todo lo que pudimos en la Encava y, con ganas de descubrir, despedimos Caracas.

— ¿Dónde estamos?
— Maracay.
— ¿Dónde estamos?
— Valencia.
— ¿Dónde estamos? ¡Es que quiero ir al baño!

Así, finalmente, hicimos nuestra primera parada en Cojedes. Una pequeña estación de autoservicio en la que aún teníamos un poco de señal para comunicarnos. Allí varios mandamos nuestros últimos mensajes por horas. 9:45 a.m., ya no había montañas, habíamos dejado el valle atrás, ahora todo era plano y el calor empezaba a tomar el control. En ese punto todavía nos quedaban aproximadamente 5 horas de viaje para llegar a Masparro.

Alguien se levantó al fondo del autobús y dijo, con voz fuerte: «¡Vamos a jugar!». Jugar significaba conocernos. Elsy, que estudia Comunicación, había querido ser nutricionista. Carlos, tesista de Ingeniería, había vivido un año en Jamaica. María Antonieta, estudiante de Psicología, pidió que la llamáramos Pelusa, así le decían desde toda la vida. Un joven jesuita había pasado desapercibido todo el viaje, hasta que le tocó hablar. Y así 14 historias más, que le daban sentido a por qué estábamos ahí.

Seguíamos rodando. Llegó un punto en el que el sonido del río se iba intensificando poco a poco y eso solo quería decir que cada vez estábamos más cerca de llegar al colegio. Para ese momento ya no parábamos de preguntarle a Rafael, unos de los coordinadores, cuánto faltaba para llegar. 2:30 p.m. -y después de unas exactas nueve horas de viaje- llegamos a la Escuela Técnica San Ignacio del Masparro, que no queda en Masparro sino a nueve kilómetros del pueblo de Dolores, pero lleva ese nombre porque está justo a la orilla del río que se llama así.

Al llegar, la primera que estaba al pie del cañón era Moraima, una hermana religiosa directora de esta escuela técnica desde hace 32 años. Nos recibió con mano firme y calurosa, nos ubicó en los dormitorios y empezamos un recorrido exploratorio de todas las instalaciones. Desde la cocina, que empieza a trabajar aproximadamente a las 5 de la mañana; el Partenón, que es la sala principal de la escuela donde se reúnen para hacer las oraciones de la mañana y de la noche; la cancha de usos múltiples, que solo la utilizan de día, porque los reflectores de luz están dañados; una capilla preciosa que tiene un jardín interno; los salones; el área de porcino; el río, en el que enseguida nos advirtieron que está prohibido meterse pues es «bravo»; y por último, la dirección. El resto de ese primer día fue de conocer y familiarizarnos con ese espacio que sería nuestro hogar por una semana. Cenamos con sopa y seco, y conocimos a los jóvenes que estaban de guardia ese fin de semana. Ellos jugaban en una cancha de grama descalzos, así estaban acostumbrados.

Los días en Masparro eran larguísimos, o esa era la ilusión que daba el hecho de hacer tantas cosas en una misma jornada. Todo comenzaba a moverse a las 5 de la mañana. Desde esa hora empieza el ordeño en la vaquera. Se sacaban, diariamente, alrededor de 80 litros de leche y constantemente se podían escuchar a las vacas y a sus becerros, y también ver los amaneceres llaneros.

A las siete, todo el mundo, sin falta, tenía que ir a desayunar y cada quien fregaba su plato. De ocho a diez de la mañana, los estudiantes más grandes se dividían en dos grupos para hacer horas de trabajo. Unos iban a las aves, y los otros, al área de porcino. De diez a doce se invertían los grupos; los que habían ido a porcino iban a aves, y viceversa.

En esas horas, nosotros también nos dividíamos. Un grupo ayudaba a los más pequeños en tutorías guiadas. Y el otro se iba a las áreas de aves y porcinos con los grandes. A las doce, los estudiantes tenían hora de baño. Doce y media, todos nuevamente al comedor. Era la hora del almuerzo. Cada quien fregaba su plato.

De una a dos de la tarde tenían receso. Ahí los estudiantes aprovechaban de jugar y nosotros, los insertados, hacíamos dinámicas. En ese horario, abrimos clases de bachata, de dibujo, de pulseras y de fotografía durante cuatro días. De dos y cuarto a cinco de la tarde, los chamos iban a sus clases regulares. Después tenían nuevamente media hora para bañarse, pues a las cinco y media tenían una hora de estudio. Ese último bloque de tiempo nos fue cedido a nosotros. Nos dedicamos a escucharles, conversar junto a ellos y compartir.

Recuerdo escuchar, en una de esas sesiones, a los estudiantes hablar del «El sol del venao´», así le dicen a los atardeceres en el llano. «Cuando va cayendo el sol, lo venados aprovechan de salir y los puedes ver con facilidad». Eso quedó tatuado en mi corazón. Y a las seis y media, sin falta, todos a cenar. El horario de comida era sagrado en Masparro. Cada quien fregaba su plato.

De siete a ocho de la noche volvían a tener receso. Era la hora perfecta para jugar, pues ya no estaba el sol aplastante del llano; para hablar lo que el dinamismo del día no te permitía y para seguir conociéndonos unos a otros. A las ocho ya el cuerpo pedía descanso a gritos. Pero antes todos iban al Partenón, para hacer la oración final y dividirse en niñas y niños para ir a sus dormitorios.

Y así un día tras otro, nosotros por una semana y ellos por casi toda una vida. En Masparro quedaron un montón de historias a medio contar y todas tienen caras únicas. Demasiado queda aún por decir.

♦Texto: Daivelis Briceño. Estudiante de 6to semestre de Comunicación Social y participante de PAZando 2023/Fotos: Cortesía Dirección de Identidad y Misión UCAB


PAZando es un programa universitario que se enfoca en la inserción social, el cual es organizado y promovido por la Dirección de Identidad y Misión de la UCAB. Los estudiantes de la universidad viajan a diferentes comunidades rurales en Venezuela para conocer la realidad que enfrentan sus habitantes, compartir sus experiencias y brindar apoyo y atención en sus campos de estudio y competencia. Esta iniciativa forma parte de la formación de profesionales integrales, empáticos, solidarios y comprometidos con los sectores más vulnerables.

El texto de Daivelis es el resultado del tercer taller «RePAZando el cuento», iniciativa formativa diseñada para los participantes del programa antes de que se adentren en las respectivas comunidades. El objetivo del taller es preparar a los estudiantes para que puedan dejar por escrito un testimonio de su experiencia en el viaje.

Si desea obtener más información sobre PAZando, así como otros programas e iniciativas de la Dirección de Identidad y Misión UCAB, están disponibles sus cuentas de Facebook e Instagram: @ucabmagis.

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